Alexander Spencer:
Giré mi cuello de un lado a otro, tratando de liberar la tensión acumulada. Sentí como los músculos se aflojaban ligeramente con cada movimiento, buscando un poco de alivio después de haber estado tanto tiempo en esa cirugía.
Suspiré, saliendo de mi auto y observé la casa a la distancia con una mueca. Solo quería llegar y descansar. Tal vez comer algo caliente, pero eso no sería posible.
Gruñí molesto, esta situación tendría que mejorar. Sabía que debería hablarlo con ella, pero mis energías estaban agotadas y no quería perder la poca cordura que aún me quedaba discutiendo con mi esposa.
Cerré la puerta del auto con un portazo, dejando salir mi frustración y me dirigí molesto hacia la casa. Entraría sin ser visto, me daría una ducha y dormiría sin pensar en nada. Solo que mis planes se arruinaron, cuando vi a Ashley sentada en uno de los sofás de terciopelo rojo que había en el vestíbulo de la entrada. Ella estaba claramente esperando mi llegada.
Mis ojos se dirigieron a su mano derecha que sostenía una copa de vino y luego a sus labios rojos que se curvaron en una sonrisa burlona y maliciosa.
Estreché mi mirada. “No ahora, no podía con esto ahora”, pensé con molestia.
—¡Buenas noches! —Le dije como despedida y empecé a alejarme, pero mi suerte no era tan buena.
—Tengo algo que decirte. —Ella me detiene y se levanta despacio de la silla, como si no tuviera ninguna preocupación en la vida.
La observé con irritación. —Ahora que Ashley. Si necesitas dinero, pídeselo a tu padre. A mí no me molestes.
Ella suelta una pequeña risita demasiado molesta para mí. —Pero querido, ni siquiera te lo he dicho y ya estás empezando a enojarte.
Me pasé una mano por mis ondas oscuras y las tiré con frustración. —¡Habla ya mujer! ¡Qué quieres! —Gruñí enojado.
Ashley alza sus cejas, viéndose ofendida. —Pensé que te gustaría saber que contraté a una empleada, para que nos ayude con las cosas de la casa.
Fruncí mi ceño, ella no tenía derecho de hacer esto. —¿Qué hiciste? ¿Qué? —Le pregunté molesto y empecé acercarme.
Mi esposa me observa con aburrimiento, sin darle mucha importancia a mi expresión. —Era necesario, alguien necesita cocinar y limpiar.
Me acerqué más a ella. —¿Pero tú estás loca? ¡Por qué contratas a gente desconocida sin avisarme! Es mi casa. —Lo que menos necesitaba ahora, era a un extraño husmeando en nuestra supuesta vida perfecta.
La señalé. —Eres mi esposa, esa es tu responsabilidad, encárgate de ella.
Ashley se acerca otro paso, ya podía sentir su calor corporal y nuestras miradas furiosas no se despegaban del otro. —¡Es tu casa Alexander, el que debería encargarse eres tú!
“Esta mujer me colmo la paciencia”. La sujeto bruscamente por sus brazos. —No haces nada, no trabajas, te la pasas todo el día comprando ropa y en desfiles malgastando el dinero. Ya tienes veintisiete años, Ashley, no eres ninguna adolescente. —Mis palabras todo el tiempo se escucharon furiosas. Estaba harto de esta mujer.
—¡Es mi dinero y yo veré qué hago! ¡Suéltame! —Ella forcejea conmigo y no tengo que pensarlo dos veces, me alejo de ella. Por más enojado que este, jamás le haría daño a una mujer.
Respiro profundo tratando de calmarme y vuelvo a pasarme una mano por mi cabello tirándolo en frustración. Mientras tanto, ella sigue quejándose.
—Siempre es lo mismo contigo, Alexander. Los tres años que llevamos casados, siempre estás metido en ese m*ldito hospital y ahora te enojas conmigo.
La observo enojado. —Solo estamos juntos, por qué nuestro matrimonio es un put* arreglo de nuestras familias, solo por eso.
Ashley se cruza de brazos y su mirada es imperturbable, no refleja ni un gramo de dolor por mis palabras. Ella hace mucho sabe, que jamás podre amarla.
—Pues no te queda de otra que soportarme, esposo. —Sus palabras adquieren un veneno, que jamás creí, se inyectaría en lo profundo de mi ser.
Negué desesperado, no podía vivir así para siempre, esta vida me ahogaba.
—Mierd* Ashley, vaya mierd* contigo. —La observé con odi*—. ¡No te soporto!
Sus ojos azules se muestran sorprendidos, ella abre la boca para decir algo, pero aparto la mirada rápidamente y empiezo a alejarme. No podía quedarme aquí esta noche, con este demonio de mujer.
—¡Alexander! ¡A dónde vas! —Me grita enojada.
—Iré a otro lugar mejor, qué estar aquí con tus berrinches de adolescente. —Abrí la puerta de entrada, pero no avance mucho.
Me quedé inmóvil cuando vi a una chica subir por las escaleras, con dos maletas en sus manos.
Mis ojos rápidamente la detallaron como si estuviera en un trance. Era hermosa. Muy hermosa, debo admitir. Su rostro en forma de corazón destacaba con un par de ojos grises, que me observaban expectantes, pero ella bajó la mirada rápidamente, abanicando sus pestañas largas y rizadas que, por loco que pareciera, jamás había visto en otra mujer.
Mi mirada siguió estudiando sus ondas doradas que caían sobre un par de buenas tet*s, que se ocultaban en un saco rosa. Mierd*, no recordaba ninguna vez en mi vida que una mujer me hubiese impactado tanto. Sumado a eso estaba su figura de reloj de arena. ¡Dios!, esas curvas eran absolutamente peligrosas para cualquier hombre.
Mi atención volvió a subir a sus ojos y la sorprendí estudiándome, pero ella vuelve a apartar la mirada. Casi sonreí, cuando vi sus mejillas colorearse de un lindo tono rosa.
“Encima de hermosa, adorable”, pensé. Estaba tan distraído por la presencia de esta extraña, que no sentí cuando Ashley se acercó.
—¡Alexander! —dijo en voz alta, pero cuando notó a nuestra invitada, rio ligeramente, viéndose apenada. Mi esposa continúa—. Samantha, ¡bienvenida!
“Ese es su nombre, muy hermoso”, pensé. La volví a observar, pero ella no me miraba, en su lugar su atención estaba en la mujer a mi lado.
Ashley toma mi brazo con una de sus manos y lo aprieta un poco, quizás para advertirme que debo comportarme.
—Samantha, te presento a mi esposo Alexander.
Yo no había apartado la mirada de ella, así que la chica se sonrojó de nuevo por mi escrutinio.
—Mucho gusto, soy Samantha. —Su delicada voz se dejó escuchar.
“Qué voz tan dulce”, pensé en mis adentros y un sentimiento desconocido se removió en mi pecho, pero lo dejé pasar.
Me enfoqué y asentí amablemente hacia la chica. —Mi esposa me contó que serás nuestra nueva empleada. —Mi tono de voz se escuchó más serio.
Samantha me da una sonrisa amable. —Sí, y daré lo mejor de mí.
—Apuesto a que sí. —Le dije con seriedad, pero también con cierta intención. Veo a la chica removerse incómoda.
Esto activó las alarmas de mi sentido común y me di una bofetada mental, pero, ¿qué me sucedía?
“Tienes a tu esposa al lado. ¡Compórtate!”, me regañé.
No era el momento para explorar los sentimientos confusos que me inspiraba esta chica, ni tampoco de coquetear, seguro que lo había hecho hasta mal. Suspiré irritado, ya había perdido mi práctica por culpa de este matrimonio.
Ashley nota mi comportamiento y llama mi atención. —¿Por qué no entramos y le enseñamos la casa, cariño? —Su voz se escuchó algo nerviosa.
Seguro pensaba que iba a despedir a Samantha aquí mismo, pero no. No le haría eso a esta pobre chica, que no tenía ni la culpa de nuestros problemas y que tampoco tenía que enterarse de la farsa de este matrimonio.
—Es..., está bien cariño, lo que tú digas... —Me costó mucho llamarla así, pero Ashley sabría mejor, que lo hacía solo para guardar las apariencias.
**********