Sebastián Estaba cansado de estar en ese hospital. Contaba las horas para que me dieran de alta y salir de esas cuatro paredes blancas que me asfixiaban. El constante olor a desinfectante, el ruido de las máquinas y las enfermeras entrando cada dos horas para revisar mis signos vitales. Estaba harto. Lo único que quería era salir de allí, abrazar a mis hijas y... verla a ella. A Renata. Lo que más me inquietaba no era el hospital, sino el hecho de que en los últimos días desde que llegaron mi madre y mi tía, Renata había desaparecido por completo. Tres días sin aparecer. Tres días sin un mensaje, sin una excusa. Nada. Solo mis hijas enviaban mensajes, notas de voz demasiado breves para mi gusto, pero de la maestra nada. Es que era hasta mala mentirosa, se suponía que era mi esposa.

