Valeria Pasaron tres días. Tres días que se sintieron como semanas. En la escuela intenté mantenerme concentrada, pero mi mente siempre regresaba a lo mismo: la cita con el juez. No sabía exactamente qué iba a preguntarnos ni cómo debía comportarme. Pero sabía que era importante. Que no podía temblarme la voz. Esa mañana, cuando desperté, sentí mariposas en la panza. No las lindas, sino las que revolotean cuando algo te preocupa. Me vestí con la blusa blanca que más me gustaba y una falda que me había comprado Renata hacía unos días. Ella estaba en la cocina, preparando panquecas, como si fuera un día cualquiera, pero sus manos temblaban un poco, lo que me hizo darme cuenta que estaba tan nerviosa como lo estaba yo. —Hoy tenemos una cita con la verdad, pequeña —me dijo cuando me abrazó.

