Sebastián. No pude evitar sentirme nervioso ante las preguntas de mis hijas, tenía la sensación de estar ante la inquisición. A su pregunta de por qué mi camisa estaba al revés, le dije lo primero que se me ocurrió que era la moda y para que no siguieran interrogándome, las distraje. —¡Arriba, señoritas! —exclamé dando una palmada en el aire—. Vamos a quitarse la ropa escolar, se duchan, se visten que luego les tengo una sorpresa. Lucía y Emilia soltaron un grito de emoción y comenzaron a caminar escaleras arriba como dos tornados. Valeria, más calmada, me miró con una ceja arqueada. —¡Tienen diez minutos para cambiarse! —grité, ajustándome los puños de la camisa que, por suerte, esta vez llevaba del lado correcto—. ¡Vamos a celebrar con helado y un paseo por centro comercial! E

