Sebastián Una semana después de la inauguración, todavía me costaba creerlo. Habíamos pasado de soñar con nuestra empresa a estar recibiendo correos y llamadas de empresas importantes que querían nuestras asesorías. Literalmente, no daba abasto. Si alguien me hubiese dicho meses atrás que estaría aquí, trabajando hasta tarde, bebiendo café como si fuera agua, y reuniéndome con ejecutivos que antes solo veía en revistas de negocios, me habría reído en su cara. Pero aquí estaba. Y sí, estaba agotado. Pero también estaba feliz. Había algo increíble en ver que todo el esfuerzo, cada desvelo, cada miedo, cada discusión sobre presupuestos, estaba empezando a dar frutos. Cada día era un torbellino: presentaciones, reportes, inspecciones, nuevas ideas. Y, sin embargo, cada noche, al volver

