Cualquier cosa pudo haber pasado esa noche: un huracán, una tormenta, un accidente, un robo… Hubo dos muertes. Una muerte del cuerpo y una muerte del alma y de la inocencia. No había pasado mucho tiempo desde que Drake se marchó ofuscado por nuestra discusión cuando la luz del teatro se apagó dejándonos completamente a oscuras. Con ojos de miope tuve que adecuarme a la poca visibilidad que permitían los pequeños faroles de emergencia situados estratégicamente en las paredes. A tientas caminé con las manos pegadas a la pared hasta que encontré unos interruptores. Al accionarlos, las luces no se encendieron. Se había cortado la electricidad. A unos pocos metros de mí, pude ver cómo una señora forcejeaba con una de las puertas de emergencia. Quise ayudarla, pero la salida estaba atascada

