Los chicos desaparecieron durante todo el día. No me negué a pensar que quisieran esconderse de mí para no tener que afrontar las cuestiones que me rondaban en la cabeza. Por mi cuenta, decidí pasear e inspeccionar la villa, el hogar de Jhon D’armento. Era una mansión tan inmensa que me sentí perdida en varias ocasiones. Demasiados pisos, pasillos con puertas interminables y unos jardines llenos de recovecos en los que perfectamente podrías desorientarte. Los D’armento eran los productores del mejor vino de La Toscana: el Chianti. Por eso tenían tanto dinero. Adentrándome por un laberinto de escaleras que bajaban al subsuelo llegué a unos túneles donde el olor a uva fermentada inundó mis fosas nasales. Las bodegas de la villa eran más impresionantes de lo que imaginaba. La temperatur

