4

1135 Words
Brielle —Brielle —escuché la voz de mi padre a mis espaldas y fué entonces que me dí cuenta que estaba en mi habitación—. La cena ya está lista, ¿qué tanto haces? Estaba demasiado sumida en mi escritura, tan concentrada que ni lo había escuchado entrar. —Tuve un altercado con mi profesor de literatura y ahora debo escribir un ensayo de cinco mil palabras defendiendo mi postura sobre Dorian Gray —comenté distraídamente, intentando no perder el hilo de mi escritura. —¿Y cuántas palabras vas? —se interesó en saber, acercándose con los brazos cruzados para echarle un vistazo a la computadora y sus ojos se abrieron ligeramente sorprendidos. Seis mil cien. —Vaya. Supongo que fué toda una discusión. Papá no iba a enfadarse conmigo, sabía que no era alguien conflictiva, mucho menos con mis profesores. Al contrario, ellos me adoraban. Si había discutido con uno mis motivos tenía. Y los tenía. Maldito Blackwell. —No, realmente, pero fué sarcástico y despectivo. —Entonces muéstrale lo que tienes —me animó, dejando un beso en mi coronilla—. Y trata de que no te repruebe al menos en la primera semana, ¿si? Tu madre se infartaría. Sus palabras me sacaron una sonrísa. —De acuerdo. Se encaminó hacia la puerta pero antes de cerrar se volvió hacia mí. —¿Quieres un yogurt de fresas? Por Dios, sí. —Por favor —asentí animada. —Enseguida regreso. Papá era el mejor. (***) —¿Sabías que Blackwell tiene esposa? —mencionó Tatum con la mirada sobre mi profesor a unos metros de nosotras, entrando al salón de clases unos minutos antes de que ésta comenzara. ¿Cómo sabía ella todas esas cosas? Ni siquiera asistía a esa clase. Los rumores corrían rápido en Worthington. —Es caliente. No su esposa, él —aclaró, mirándome. Caliente sí era. Lo que tenía de atractivo lo tenía de arrogante e insoportable. —¿Quién podría casarse con él? —cuestioné—. Es insoportable y tan inflexible. No me lo imagino sonriéndote por las mañanas y dándote los buenos días. Era difícil imaginarlo de buen humor. —Yo podría darle unos buenos días —bromeó y cuando rodé los ojos con diverción ella rió, dándome un empujoncito—. Sabes que bromeo. El timbre sonó. —Suerte. —La última vez que dijiste eso me castigaron —le recordé. —Doble suerte, entonces. Me lanzó un beso antes de alejarse. Cuando entré a clases el salón comenzaba a llenarse y fijé mi atención en Blackwell, avanzando directamente hacia su escritorio con la mirada al frente y dejando mi ensayo frente a él. —El ensayo que me pidió, profesor Blackwell —pronuncié educadamente con una sonrisa orgullosa ante lo que había escrito, más no simpática. No intentaría caerle bien. Los profesores me adoraban porque naturalmente era alguien organizada, responsable y disciplinada, lo había aprendido de mi padre, pero no era una sonrisitas desesperada por caerle bien a mis profesores. Mucho menos a alguien como Blackwell. Sabía que tampoco le caía bien y estaba más que bien con eso. Sus penetrantes iris grisáceas fueron del trabajo hacia mí y sin decir una palabra lo tomó guardandolo en su portafolio. —Sientese, señorita Van der Wedden. Realmente no esperaba más de él, era como un robot. Ocupé el mismo lugar que en la primera clase porque nadie más lo hacía. Literal, le pasaban por al lado. Tal vez los estudiantes creían que le había puesto una maldición y nadie quería correr el riesgo de tener que enfrentarse a Blackwell. La clase comenzó y pasados unos cuantos minutos alguien tocó a la puerta. El profesor la abrió, encontrandose a un alumno con el cabello desordenado, la camisa arrugada y la corbata sin hacer. —Profesor Blackwell, lamento llegar tarde es que… —Ahorrese las excusas —lo interrumpió—. En la primera clase dije que conmigo no valen. Respondame algo y sea sincero o no entrará a mi clase. Para ese momento la atención de casi todos estaba sobre ellos, unos murmullos incomprensible revolotearon por el salón. —¿Ocurrió algo realmente importante para llegar... —revisó el costoso y elegante reloj que adornaba su muñeca—... once minutos tarde a mi clase? Un silencio tenso inundó el salón mientras el alumno miraba al profesor dudando si mentir o no. Aunque si era evidente para mí también lo era para Blackwell y supuse que el chico también lo notó porque terminó por ser sincero, ahorrandose un castigo seguro. —No, profesor. —Entonces regresa a dormir o ve a matar la hora a otro sitio porque a mi clase no entras. Le cerró la puerta. Nota mental: Llegar SIEMPRE cinco minutos antes. O, por mi bien, no llegar. —Tengan casi por seguro que la gran mayoría de ustedes tiene un futuro exitoso asegurado. Entonces, cuando estén trabajando en una empresa de renombre con personas importantes, recuerden esto, hay que ser respetuosos con el tiempo del otro porque este vale oro —le habló a toda la clase—. O en su defecto, tengan una excusa creíble preparada con antelación. Se sentó detrás de su escritorio. —Continúen. (***) Pierce El sabor del Macallan se apoderó de mi boca, dejando un rastro suave al descender por mi garganta. Un clásico jazz de la colección de mi padre inundaba mi oficina en una nota suave mientras me sumía en la lectura del ensayo de la alumna Van der Wedden el cual, increíblemente, estaba resultandome más interesante y sensato de lo que me esperaba tras su obstinada actitud en clase. Tenía una forma atractiva de escribir. La señorita Van der Wedden podía ser un dolor de cabeza o… hasta resultar algo interesante. Un ruido me hizo alzar la mirada hacia la puerta abierta de mi oficina. ¿Mi querida esposa estaba de regreso? Rachel pasó frente a esta quitándose el otro tacón y dejándolo tirado por ahí. —¿Te divertiste con tus amigas? —pregunté con ironía. Ella regresó, apoyándose en el marco de la puerta. Su usualmente perfectamente arreglado atuendo se encontraba ligeramente desarreglado y su cabello algo desaliñado. —Sí —suspiró, mirandose las uñas distraídamente—. Fué una noche realmente divertida. Estoy exhausta. Ya lo creo. —Que descanses entonces —regresé a mi lectura. —¿No te gustaría venir a la cama conmigo? —preguntó en un tono seductor, rodeando el escritorio y acercándose a mí—. Deja esos aburridos papeles. Ven conmigo… Intentó besarme y aparté el rostro. —Idiota —masculló. —Buenas noches. Me mostró su dedo medio antes de salir dando un portazo y me recliné en mi lugar continuando con mi lectura. La dulce vida de casado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD