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997 Words
Pierce Mientras me dirigía a la clase de esa mañana, avanzando por la marea de estudiantes en los pasillos de Worthington, un cuerpo más pequeño se atravesó en mi camino. Impactó contra mi pecho y, por inercia, mi mano fué a su cintura. No tardé en reconocer la fragancia de vainilla que impregnó el aire. Van der Wedden alzó su rostro dándome una mirada apenada con sus profundos ojos azules. Por la cercanía, pude detallar las espesas y largas pestañas que los rodeaban. Tenía el delicado rostro de una muñeca de porcelana y este resaltaba aún más con su brillante cabello n***o como el carbón. No era difícil darse cuenta que la belleza deslumbrante que poseía atrapaba miradas por donde pasara. —Lo siento, profesor —pronunció en un murmullo suave. Mi mano continuaba en su cintura y al notarlo me aparté, metiendola en el bolsillo de mi pantalón. —Tenga cuidado. No puede ir por ahí chocando con cualquiera, señorita Van der Wedden —en mi voz no había reproche, de hecho, podría acostumbrarme a esos encuentros accidentales. —Lo tendré —asintió con una pequeña sonrisa amable antes de pasar por mi lado—. Con permiso. La seguí dentro del salón, caminando hacia mi escritorio con una sensación extraña que traté de ignorar mientras me preparaba para iniciar la clase. (***) Finalizada mi clase, me dediqué a ordenar y guardar mis papeles dentro de mi portafolio mientras los estudiantes vaciaban el salón, dirigiéndose a la sala de conferencias donde el director anunció que debían estar. Al levantar la mirada me encontré con las profundas iris azules de Van der Wedden mientras caminaba hacia mí. —Esto es suyo —me tendió mi chaqueta tras sacarla de su bolso—. Está limpia y planchada. Rodeé mi escritorio para acercarme un poco más a ella y tomé la chaqueta. —Gracias por el detalle, hubiera arruinado mi auto. —Me alegra que te haya servido —. Me apoyé en el borde de mi escritorio. —Tiene buen gusto para la ropa, es muy bonita —comentó. —Sí, le quedaba bien. —Me quedaba enorme —corrigió con ligera diversión. —También —admití. Las mangas ocultaban sus manos y el largo llegaba casi al borde de su falda—. Pero dudo que haya algo que no se le vea bien. No me dí cuenta de lo que había dicho hasta que ya fué tarde para detenerme a pensarlo. —Bueno, gracias —dijo con voz suave. Abrí mi boca sin saber muy bien qué decir y simplemente aclaré mi garganta, volviéndome para recoger mi portafolios. —¿Iba a la sala de conferencias? —pregunté cambiado el tema, intentando aligerar el ambiente entre ambos. —Tengo qué, ¿usted? —También —dije. Ambos nos dirigimos a la puerta y la abrí dejándola pasar—. La acompaño. Ella asintió y en silencio nos encaminamos hacia el salón de conferencias. Aún quedaba algún que otro alumno rondando por ahí, dirigiéndose en la misma dirección. —¿Cómo van usted y Colson con la presentación? —pregunté, rompiendo el silencio. Sabía que no podían ir mal puesto que ambos estudiantes tenían buenas notas de bimestres anteriores. Sobre todo ella, poseía uno de los promedios más altos de la universidad lo cual, sin duda alguna, era admirable. —Todo avanza muy bien —aseguró tranquila. —No tengo duda al respecto. Cuando llegamos ella se despidió antes de ir a sentarse junto a la que supuse era su amiga. Me ubiqué en un costado junto a los demás profesores. Había alguna que otra profesora que se acercaba a besar mi mejilla como saludo lo cual ciertamente me incomodaba, no era afecto a esa clase de gestos más que con ciertas personas en particular. Además, no era alguien sociable. Era un gruñón amargado en toda la regla. —Mira que te conseguí —James apareció junto a mí con dos cafés—. Intenso y amargo, ¿no te recuerda a algo? —pronunció con un gesto burlón y rodé mis ojos. Acepté el café. —Gracias, James. Jamés podía ser bastante molesto de vez en cuando pero era el único que entendía mi personalidad seria y amargada, había sido así desde que nos conocimos en la universidad. —Buenas tardes, alumnos y alumnas, profesores… —comenzó a hablar el director ubicandose detrás de su atril y todos guardaron silencio ante el anuncio que iba a dar. Revisé mi reloj pensando cuánto tardaría aquello, apenas había comenzado y ya quería irme, pero no podía. Con el pasar de los minutos mi atención comenzó a desviarse hacia los estudiantes que escuchaban atentos, algunos murmurando entre ellos, hasta que me encontré a Van der Wedden en un lugar en el centro. No encontraba una razón al por qué cuándo mis ojos la encontraban luego no podía dejar de mirarla. Podía entender que los chicos de su edad la miraran embobados cuando pasaba, pero no debería estar ocurriendome lo mismo a mí. Era inusual que alguien captara mi atención de aquella manera, pero sus iris océanicas tenían algo intenso que simplemente no podía ignorar. —¿Acaso tratas de leerle la mente? —James me sacó de mis pensamientos. —¿Qué? —lo miré confundido. —Estás comiéndotela con la mirada, Pierce —murmuró para que nadie más lo escuchara—. Disimula antes de que alguien lo note. Mi ceño se frunció con ligera molestia, no por su comentario sino porque tenía razón. Estaba siendo ridículo. —No digas tonterías, James. —Oh, por favor. Te conozco, Pierce y nunca miras nada con tanto… —buscó la palabra correcta— interés. —Es mi alumna, James. Es tu alumna, Pierce. —Como digas —se rindió antes de tener que continuar con una conversación que no iba a llevarlo a nada porque nunca admitiría que, en el fondo, no se equivocaba. ¿Qué estaba pasando conmigo?
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