Ángela estaba furiosa. Cansada. Harta de todo y de todos. Se paseaba de un lado a otro en la celda, sin poder controlar la ira que la carcomía por dentro. Su respiración era pesada, y sus manos temblaban de rabia. Había dejado que su enojo tomara el control una vez, y ahora sabía que la situación se había complicado más de lo que esperaba. Los guardias la miraban con miedo, y Marcus... él la había visto. Desde la oscuridad de la celda, una voz conocida rompió el silencio. —Ángela, así no conseguirás nada —dijo Damián, el híbrido, con un tono calmado pero firme. —¿Y qué me sugieres que haga? —respondió ella con veneno en la voz—. ¿Quedarme sentada, esperando que decidan cuál será mi próximo castigo? Damián observaba cómo la furia se apoderaba de ella, un peligroso fuego que amenazaba co

