El despacho estaba sumido en un silencio sepulcral. Las paredes, cubiertas de estantes repletos de libros antiguos, parecían observarlo con una mezcla de juicio y comprensión. Marcus permanecía sentado en su imponente sillón de cuero oscuro, sosteniendo el mechón de cabello de Ángela entre sus manos, incapaz de apartar la mirada de esos hilos oscuros que aún conservaban el suave aroma que ella siempre llevaba consigo. Era un vínculo tangible, un recordatorio doloroso de lo que acababa de hacer. —¿Qué he hecho? —murmuró en voz baja, su tono impregnado de amargura. Sus dedos temblaban ligeramente al acariciar las hebras, sintiendo el peso de su decisión aplastarlo. En su mente, la imagen de Ángela, llorando y suplicando que no le cortara el cabello, lo atormentaba sin piedad. La frialdad qu

