El Sabor a polvo (Parte 2)

896 Words
Nahuel observaba desde un rincón, envuelto en una manta de lana áspera. Su padre, Tizoc, estaba sentado en un taburete bajo, de espaldas a la entrada. La luz de las brasas proyectaba su sombra contra la pared de adobe, haciéndola parecer gigantesca, pero sus hombros estaban caídos, como si cargara con el peso de la montaña misma. Con el corazón latiendo con fuerza, Nahuel se acercó. Quería gritar, quería reclamarle por qué no había luchado, por qué no había usado esa fuerza legendaria que los ancianos mencionaban en susurros. Pero al estar cerca, el reclamo se le murió en la garganta. Tizoc se había quitado la túnica para limpiar sus heridas. A la luz del fuego, Nahuel vio lo que el día ocultaba: la espalda de su padre no solo tenía las marcas de los latigazos de la tarde. Estaba cubierta por una red de cicatrices antiguas, algunas de batallas reales y otras, mucho más profundas, de años de trabajos forzados. Pero lo peor no era la piel rota. —Padre... —susurró Nahuel. Tizoc no se volvió de inmediato. Sus manos, grandes como piedras de molino, temblaban mientras sostenía un trapo húmedo. —Te dije que no miraras, hijo —dijo Tizoc. Su voz no era de enojo, sino de una fatiga que calaba los huesos—. Hay cosas que un niño no debería llevar en los ojos, porque luego se quedan a vivir en el alma. —¿Por qué no hiciste nada? —preguntó Nahuel, la rabia venciendo finalmente al miedo—. He visto cómo cazas. Sé que eres más rápido que ellos. Podrías haberle arrancado el corazón a ese guardia antes de que sacara su espada. Tizoc se dio la vuelta lentamente. Sus ojos, que antes habían sido fieros como los de un halcón, ahora parecían nublados por una neblina de dolor. Suspiró y señaló las manos de Nahuel. —Si yo hubiera matado a ese hombre, esta noche tú no estarías aquí preguntándome por qué no lo hice. Mañana, la Guardia de Obsidiana no vendría a pedir grano, vendría a pedir cabezas. Quemarían Xaltocan hasta que no quedara ni una brizna de hierba. Tizoc se acercó a su hijo y puso una mano sobre su hombro. La presión era firme, pero Nahuel sintió el temblor que recorría el cuerpo de su padre. —Luchar no es solo golpear, Nahuel. A veces, la lucha más difícil es tragar el polvo y seguir de pie para que los que vienen detrás de ti tengan un lugar donde caer. Mi tiempo de guerrero terminó cuando decidí que tu vida valía más que mi honor. Nahuel apartó el rostro. No quería esa lógica. Su mente infantil solo entendía de justicia y fuerza. —Entonces el honor no sirve de nada si solo nos hace esclavos —dijo el niño con una frialdad que sorprendió a su padre. Tizoc lo miró largamente, y por un segundo, un destello de la antigua llama brilló en sus pupilas. Se levantó y fue hacia un rincón oculto de la choza, removiendo una piedra del suelo. De allí extrajo un pequeño bulto envuelto en cuero viejo. Lo puso en manos de Nahuel. Era pesado. —El honor no es una espada, hijo. Es esto. Nahuel deshizo el envoltorio. No era un arma. Era un colmillo de jaguar, tallado con símbolos que parecían moverse bajo la luz vacilante del fuego. Estaba frío como el hielo, pero al tocarlo, Nahuel sintió un hormigueo eléctrico que le recorrió el brazo hasta el pecho. —Es el recuerdo de quiénes éramos antes de que la piedra nos gobernara —continuó Tizoc—. Mi padre me lo dio, y el suyo a él. Algún día, cuando estés listo, entenderás que la fuerza no viene de los músculos, sino de lo que este colmillo representa: la conexión con lo que es libre por naturaleza. Pero escúchame bien: si alguna vez decides tomar este camino, no habrá vuelta atrás. No podrás ser solo un hombre. Tendrás que ser un símbolo. Y los símbolos siempre terminan siendo sacrificados. Nahuel apretó el colmillo en su puño. El dolor del borde afilado contra su palma le dio una extraña satisfacción. —Ya estoy siendo sacrificado cada día que agacho la cabeza, padre —respondió Nahuel. Tizoc no dijo nada más. Se volvió hacia las brasas, ocultando su rostro. Esa noche, Nahuel no durmió. Se quedó mirando el techo de paja, con el colmillo escondido bajo su almohada de paja, escuchando los sollozos ahogados de su madre en la habitación contigua y el pesado respirar de un guerrero que prefería ser humillado antes que ver a su hijo morir. Fue en ese silencio de la madrugada cuando Nahuel comprendió la verdad más amarga de todas: su padre ya estaba muerto por dentro. Los Reyes de Piedra no solo robaban comida; robaban el espíritu. "Yo no seré un sacrificio", juró Nahuel para sí mismo mientras el primer rayo de luz grisácea se filtraba por las grietas de la pared. "Yo seré el cuchillo". Los años siguientes a la humillación de su padre fueron para Nahuel una lenta combustión. Mientras los otros jóvenes de su edad se resignaban a las jornadas agotadoras en las minas de grava, Nahuel vivía una doble vida. De día, era el hijo obediente que cargaba cestos de piedra hasta que sus dedos sangraban; de noche.
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