En agosto de ese mismo año Uriel entró a la universidad. Eligió irse a una más modesta que en la que estudiaba Constanza. Se ubicaba a casi una hora de camino de la casa, pero preferí que rentara un cuarto allá para que no viajara a diario. Con el dinero que ganaba en el grupo, poco a poco, comencé a darme pequeños lujos que en la fábrica no podía. Además, amaba mi trabajo, lo amaba tanto que dejé de considerarlo como una obligación. Mi único hijo varón se iba y tal vez para ya no regresar. Ese era el destino “normal” de los hombres. Incluso después de tantos años, la costumbre de buscar esposa apenas terminan una carrera o consiguen un buen trabajo, seguía usándose. —Nada de andar de pica flor —le advertí cuando su despedida llegó en la parada de los camiones—. Y si necesitas dinero, av

