Salgo de casa desesperadamente, rumbo a la Universidad.
—Otra vez, sólo dormí cuatro horas y hoy, es la primera clase del año —hablo conmigo misma, mientras curvo todo el cuerpo hacia abajo y me lamento de mi desgracia. Doy un enorme suspiro—. Me siento demasiado cansada.
Siempre me pasa, es inevitable. Una vez comienzo una serie, no me resisto y por horas, me tiro tremendos maratones.
«¿Por qué? ¿Por qué seré así?». Me lamento.
Sin embargo, valió la pena la trasnochada. Al fin llegué a la parte que esperaba y me exalto, cuando recuerdo el inolvidable momento en que Sebastián besó a Mey; no lo podía creer. Fue un episodio muy explosivo y creía que me daría un infarto. Ahora, gracias a eso, por fin logré calmar mi delirio de romanticismo. ¡Sí!
Por más que conozco las consecuencias, es lo habitual para mí, vivir así. Mi pasión es ver series de drama, romance, comedia y suspenso; soy adicta a la lectura también y, prácticamente, devoro los libros una vez los comienzo. Lo malo de esto es la manía de comenzar alguna historia o serie y no poder parar, aunque sé que necesito dormir. Me quedo siempre enganchada y me digo que solo llegaré a la parte más gratificante, pero, ¡qué va!
«Soy una loca adicta, lo sé».
Me considero una chica muy romántica y a pesar de eso, a mis veintidós años, no he tenido ningún novio; lo que puede resultar raro. Puedo decir, que mi personalidad es bastante variada. Soy tímida, algo torpe y despistada; pero a la vez, graciosa y persistente. Sin embargo, tengo un carácter tremendo, que pocas veces dejo relucir y solo si me obligan a sacarlo a flote.
«Soy muy extraña, también lo sé».
En mis cortos años de vida, es algo normal que llegue tarde a todas partes; por más que me esfuerzo nunca llego a tiempo. Definitivamente, tengo el “don de la tardanza”. Y en estos momentos estoy por demostrarlo otra vez, ya que llegaré tarde a una de las clases, por culpa de mi noche de desvelo. Llevo tres años cursando la larga y grandiosa carrera de Hostelería y Turismo y, cada año, ha sido lo mismo.
Con mi cara pálida y mis ojeras ocultas detrás de los enormes anteojos redondos que uso, sigo mi trayecto con paso apresurado.
Una hora después y al tanto de la hora que es, llego al aula y abro la puerta trasera con fuerza. Para mi mala fortuna, esta hace un ruido fuerte y brusco y todos me voltean a ver. El profesor, me observa enojado.
—Vaya, vaya, Elizza Norly. Parece que este año no será diferente al anterior. Siempre tarde, señorita. ¡Siéntese rápido, por favor!
Todos ríen y yo me muero de la vergüenza, mientras busco donde sentarme. De pronto, me percato de una cara conocida muy cerca de mí.
«Espera, ese es Harry. ¿Será que nos toca la misma clase?», pienso y me quedo mirándolo pasmada.
—¡Hey! ¡Elizza, ven aquí! —grita, llamando mi atención.
—Ya voy —respondo y me acerco tímidamente.
—Así que, también sueles asistir siempre tarde a las clases, pequeña tardona —susurra él, mientras frota su mano en mi cabeza.
—Hola, Harry. Algo así —saludo y trato de no sonrojarme, mientras me siento a su lado. Luego, hago conciencia de lo que significa que él esté aquí—. ¡Hey! Entonces, estaremos juntos por primera vez.
Se voltea para verme de frente y mi susurro emocionado, lo divierte.
—Esto va a ser super divertido —aseguro y su sonrisa se extiende. Toca mi cabeza con pequeñas palmaditas.
«Ay, Harry, Harry, Harry», suspiro en mis pensamientos.
Tan lindo, apuesto y alto, que llega al metro ochenta y cinco. Con sus hermosos ojos color caramelo, piel pálida que me encanta y ni qué decir de su lindo cabello rubio ondeado, parece un modelo de revista. Totalmente inalcanzable y es que, además, me ve solo como una hermana menor. Este es el primer año que coincidimos en una clase juntos. En la universidad no somos tan unidos; yo siempre estoy con mis amigos y él, con los suyos. Es obvio que, al estar en grados distintos, pertenecemos a mundos universitarios diferentes. Además, Harry es relajado, divertido y muy sociable, todo lo apuesto a mí; yo soy una especie de nerd con pocos amigos.
Debo confesar que llevo muchos años enamorada de él, pero nunca me he atrevido a confesarle mis sentimientos, pues no tengo la confianza necesaria para hacerlo. Él siempre ha sido considerado y amable conmigo y yo, pienso que somos un dúo super compatible. He tenido la oportunidad de conocer algunas de sus enamoradas, las que evidentemente no me caían nada bien; pero solo las aceptaba porque él las quería en su vida y estaba claro, para mí, que no durarían. Lo que siempre resultó ser así.
Él tiene veinticuatro años, es mayor que yo, por dos años. Cursa la carrera de Administración de Negocios Internacionales y ya está en su último año; es una sorpresa que hayamos coincidido en esta clase de Marketing, ya que nunca antes había sucedido. No obstante, me pone muy feliz y a la vez, siento pena, porque será el último año que nos veremos; su graduación está cerca.
Harry y yo somos vecinos; lo conozco desde que tengo uso de razón. Él es hijo de la mejor amiga de mi madre, así que siempre solíamos jugar desde pequeños, en su casa o en la mía. Los dos somos hijos únicos, por eso creo, que tuvimos un vínculo tan especial. Nuestras madres fueron tan unidas que, incluso, decidieron vivir cerca, una casa continua con la otra. Él era tan fastidioso que sabía todo de mí, mis gustos, mis malos hábitos; y yo los suyos. Sus pésimos gustos y hábitos. Tuvimos una niñez muy divertida. Nunca olvidaré el olor de sus medias cuando éramos niños y cada vez que entraba a su cuarto, me ganaba con eso. ¡Eran terribles! Recuerdo que los cogía y se los tiraba a la cara. Era lo habitual comenzar peleas de almohadas y ropa, por ese motivo.
En ese entonces, no lo veía de forma diferente. Él era, para mí, el mejor amigo y hermano mayor, que siempre me cuidaba. Hasta que un día, todo cambió.
En mi adolescencia, algo inesperado sucedió y cambió mi vida. Perdí a mis padres en un accidente automovilístico, cuando regresaban juntos del trabajo; recuerdo que estaba en la escuela cuando supe la noticia. Ese día, hace exactamente siete años, una parte de mí murió junto con ellos. Solo tenía quince años y me sentí tan destrozada, que no fui la misma nunca más.
En el velorio de mis padres me sentía como un cuerpo sin alma, una muñeca sin movilidad. Desde que supe la novedad, no había derramado ni una lágrima; mi mente estaba en blanco y no quería hablar con nadie. No soportaba que me tocaran y recuerdo ver a mi abuela, llorar y querer abrazarme, pero yo solo me alejaba cada vez que intentaba acercarse. Harry se mantuvo a mi lado, como siempre, pero sin decir palabra alguna. Seguía mis pasos, a la distancia y en silencio, donde quiera que yo iba. Me miraba de lejos, como si estuviera esperando alguna reacción mía para poder acercarse. Hasta que se cansó de verme en ese estado y sin pensar, me cogió de la mano y me llevó al patio trasero.
En ese momento pude ver su expresión triste, sus ojos llorosos. Lo vi llorar por primera vez, de una manera tan seria, que sentí como si él lo hiciera por los dos. Entonces, se acercó y me abrazó con todas sus fuerzas, antes de hablarme al oído con voz cálida.
—Está bien, todo estará bien; yo estoy contigo, Izza, no me alejaré jamás. Puedes sentirte cómoda en estos momentos y expresar lo que estás sintiendo. —Agacha la mirada, alineando nuestros ojos—. Izza, es bueno llorar y expresar lo que sientes. Estoy aquí y no me iré a ningún lado. Siempre me tendrás. —Me da un beso en la frente y me vuelve a abrazar.
Su voz, sus palabras y el calor de sus brazos, eran lo que estaba esperando. Sentí cómo ese día horrible caía sobre mis hombros, a medida que salía del shock. Mi cuerpo y mi alma se sentían como si derritieran un estado de frío y hielo. No pasaron más de cinco segundos y, el nudo que tenía en la garganta, se desató. No aguanté más, me rompí y lloré desconsoladamente en sus brazos. Luego, cuando estuve más tranquila, fui a abrazar a mi abuelita.
Lo que él hizo, fue un consuelo para mí. Creo que, desde ese día, dejé de verlo como un hermano mayor y sentí algo especial correr por mis venas. Mi corazón, por primera vez, latió de una manera diferente con él a mi lado. Por primera vez, él actuó como un hombre y me hizo sentir segura.
Solo estuvimos un mes en la casa de mis padres. Era un hecho que yo había quedado al cuidado de mi abuela y debía mudarme con ella, que tenía pendientes y un trabajo al que regresar. Hubiera sido demasiado difícil quedarnos ahí, porque quedaba muy lejos de su hogar y además, hubiera sido aún más doloroso permanecer y no sentir la presencia constante de mis padres en la misma casa.
No quise decirle nada a Harry sobre mi mudanza, pues no quería que fuera un adiós tan terrible. Así que, decidí dejarle una carta bien dramática despidiéndome de él, como si no volviéramos a vernos nunca más. Tampoco contaba con que nuestro encuentro, se diera unos pocos años después.