-Por eso lo extraño, dijo ella con un sollozo en su garganta y
prosiguió -: "Y es por eso que vengo a visitarlo porque siento que
sin él estoy perdida".
Más allá de un fastidio entremezclado con nostalgia y pesadumbre
que me provocaban las palabras dolorosas de esta mujer, la
conmoción no llegó a afectarme después de haber asistido a una
de las confesiones más estrafalarias que mis oídos hayan
escuchado. Pero hilando despacio entré en una vorágine de
pensamientos particulares: Me resultaba absolutamente ridículo,
interesante y digno de averiguaciones toda esta proclamación. Con
demasiados callos en el alma, mi edad y las experiencias, me
sirvieron para ingresar en un análisis pormenorizado y aceitar los
mecanismos para enfrascarme en la cara escondida que mi padre
nos ocultó durante el tiempo que permaneció en esta vida. En poco
más de media hora esta mujer ya me había revelado lo suficiente
como para caer en la cuenta de que los primeros fragmentos de la
mitad de mi padre me la estaba presentando ella misma, y eso me
resultaba peligrosamente encantador y no iba a perdérmelo por
nada del mundo.
Sonaba a maniobra fraudulenta, a manipulación desmedida y
desalmada, a una especie de artimaña urdida con esmero y
fascinación. Ella necesitaba exponer sus dolores y sus flaquezas a
alguien tangible y dejar de llorarlo esputando sus lamentos a los
vientos, que rozaban sus mejillas, oían su arsenal de consternación
y seguían su camino trazado por la naturaleza. Yo era su recipiente,
el receptáculo de sus sollozos, su pañuelo dorado en donde por fin
descansarían sus lágrimas, cansadas de perderse bajo el césped del
cementerio. Sonaba a maquinación, pero la voz escondida de mi
madre, rogando una visita en los instantes previos a mi
determinación de venir a verla, me hicieron entender que éste día
no debía pasarlo por alto, para comprender que a veces los
secretos que se llevan a la tumba se reencarnan en las voces de los
mortales.
- ¡Qué paradoja!, dije a secas.
- ¿Por qué decís eso? preguntó curiosa.
-Yo siento exactamente lo mismo que vos, pero al revés.
-No te entiendo, dijo quitándose un par de gotas de llovizna de su
frente.
-Yo me sentía perdido cuando mi padre estaba vivo.
Luego de un breve lapso de silencio que resonó a respeto hacia mis
propios dichos, tomó la flor que había tirado instantes atrás y volvió
a hablar.
-El verdadero nombre de mi escuela primaria debería haber sido
"Ingeniero Mauricio Arregui", pero al final, como eternamente
sucedió, se le puso el nombre de algún prócer que seguramente
fue otro hijo de puta que se anotó en la vidriera de la historia -
No comprendía a donde se dirigía, pero empecé a atar cabos y
concluí que, al tiempo que cada historia de mi vida se presentaba
como un designio conforme iban sucediéndose los minutos, ella
también necesitaba rememorar el paso de la suya con anécdotas
de su padre. Y del mío. Ella prosiguió:
- "En donde yo vivía no existían las escuelas. En realidad, lo que
estaba en planes de serlo quedó a la altura de la capa aisladora por
cuestiones contractuales con la empresa constructora, y los yuyales
terminaron sepultando los sueños de muchos niños. A unas
cuadras de casa estaba el centro vecinal del barrio y allí se
improvisó una escuela primaria para no cortar con la educación de
tantos alumnos. Ahí fue cuando papá decidió hacer valer su palabra
y expuso de manera concluyente los pilares de su profesión -".
Papá escasamente y a duras penas (según dichos de mi abuela),
logró terminar la escuela primaria. La extrema pobreza lo obligó
desde muy niño a levantarse antes del gallo y salir a vender café en
el corazón del centro de La Alborada para los empresarios que se
dirigían a sus oficinas con el periódico bajo el brazo y una buena
taza de café caliente. Quince minutos antes de las ocho le dejaba
los termos a Don Cristante en la sandwichería de la esquina de
Pamplona y Morrison, y volvía a su casa para calzarse el delantal y
meterse hasta el mediodía en el San Isidro, en donde casi al borde
del desmayo, estudiaba y comía ¿De qué profesión me estaba
hablando esta mujer? Ella continuó:
-"El armó rápidamente un equipo de trabajo, hizo algunas
concesiones, esgrimió sus contactos y se puso en campaña para
terminar lo más rápido posible la escuela, en donde funcionaría un
nivel primario y un nivel secundario. En diez meses se terminaron
las obras y después de las vacaciones de julio, concluimos los
últimos noventa días en la nueva Escuela Juan Manuel de Rosas,
una de las obras más espectaculares que el barrio tuvo, gracias a la
entereza de papá que se puso al mando de todo y a la hidalguía de
cientos de padres que trabajaron a destajo para cumplimentar el
sueño. Él pasó a ser un héroe, un héroe que duró muy poco en la
boca de los vecinos. Pero a él eso no le importaba. Él solía decirnos:
"Lo importante es que los niños sean felices". Y cuánta razón tenía.
Y eso sólo lo dicen los grandes de verdad -
Podía verle el rostro al hijo de puta bajo la tierra húmeda mezclada
con los gusanos pidiéndome a gritos, con esa cara de circunstancia
que lo caracterizaba en momentos como este, que permaneciera
callado y que no se me fuera a escapar que él nunca había tenido
una profesión, ni un título, ni nada por el estilo, y que había
necesitado del armado esquemático de otra vida para seguir
revolcándose en los barros de sus insanias.
Si a la escuela de Melina le hubieran puesto el nombre de mi padre,
dentro de cien años se diría que hubo un tirano peor que Rosas.
No podía dejar de observar a Melina. Sentía los llamados de la
justicia gritándome al oído como si fuese un alma en pena
reclamando su vida, y me salía de la vaina por terminar con toda
esta constelación de mentiras y de farsas que se vomitaban como si
fuesen partes de una verdad blanca. No podía dejar de mirarla. Y al
mismo tiempo sufría su inocencia y la credulidad con la que había
vivido cuarenta y pico de años con la imagen de un ser cándido
clavada en su retina, con la voz férrea de un hombre que le vendió
un alma cristalina y que ella supo comprar con la inocencia de sus
ojos vendados; con el ser que caminaba las calles de su barrio
proclamando bienestar, emulando a los políticos farsantes y
disfrazado de salvador, metido en la camisa de una vida diferente,
mientras, al otro lado, el hambre, la desidia, la oscuridad, el
maltrato, la violencia y el desamor esperaban por volver a dormir
en el fondo de su alma despiadada como cada noche.
Algo me sostenía frente a ella, y ella no recalaba en el detalle de mi
obsesión, sólo parecía masticar - a modo de coronación - una
síntesis muy ajustada del rosario de logros que acababa de
contarme a cerca de nuestro padre.
Regresó de sus reminiscencias y lo noté por su cambio corporal,
como que se despojó de un atuendo por demás ceñido y
agobiante.