–Perdonaremos sus vidas, no te preocupes –dijo Ker–. Sabemos cuánto te importan los humanos. –Ah, qué bondadosa eres, Ker –contestó Filotes. Filotes me tomó del brazo y me arrastró fuera de allí. Yo forcejeaba para llegar hasta Adriano. Quería despertarlo dentro de los sueños y comprobar que fuera cierto, y si así lo era, crear nuevos recuerdos. Los alados se hicieron a un lado para darnos paso. –Vamos –dijo, con firmeza Filotes y me sacó de allí, mientras yo pataleaba como una niña con una rabieta. –Pero… –sollocé. –Calla. Lo resolveremos –susurró Filotes en mi oído. ¿Cómo íbamos a resolver eso? Adriano había olvidado todo de mi, nuestros sueños, nuestro primer encuentro, nuestra primera cita… Salimos de allí y Filotes me arrastró por todo el bosque hacia su cabaña. No tenía volunt

