Había cometido un error. Un grave y estúpido error. Me sentía tan miserable, tan ruín. No tenía excusas, no había justificación que mereciera, para sentirme un poco, menos despiadada. Rogué, recé e imploré todo lo que pude, para que mi nuevo novio no tratara de llevarme a mi casa. Afortunadamente, y para mi paz mental, solamente me acompañó hasta la parada del autobús. Mariela y Delfi nos acompañaron, siempre manteniendo una distancia moderada. Al llegar al transporte, el chico se inclinó hacia mí, dispuesto a darme un beso que, si no hubiese sido por que gire unos cuantos centímetros, hubiese llegado a mis labios. Sonreí, tratando que se viera lo más natural posible, pero me era sumamente difícil hacerlo. Él me sonrió y acarició mi mejilla mientras me veía a los ojos. ─ Esta semana me

