Capítulo 2 — Los hilos que huelen a chamusquina

1841 Words
La cárcel no tenía glamour, aunque la gente de las series se empeñara en ponerle luces cinematográficas. Aquí la luz era fluorescente y traicionera, como si viniera a recordar que los tonos sepia solo existen en las fotos viejas. Valentina Cruz se acomodó en la litera como quien decide improvisar una actuación: ojos abiertos, sonrisa de quien hace kung-fu con el sarcasmo y una libreta para anotar lo importante —o lo que pudiera resultar útil cuando tuviera que escribir la versión oficial de lo sucedido. —¿Qué vas a escribir ahí? —preguntó una compañera de celda, que tenía la serenidad de quien ya había visto suficientes dramas para no sorprenderse. —El manual de "Cómo convertir una acusación en material de stand-up" —respondió Valentina con voz grave, como si recitara un título nobiliario. La mujer se rió; la risa era pequeña, pero honestísima. En la mesa diminuta de la sala de visitas, Lucía desdoblaba papeles con la cadencia de un pianista con prisa. Valentina la miró y por un segundo se permitió no estar en modo batalla sino en modo "amiga que necesita café". Lucía traía noticias, que no eran buenas pero sí eran movimiento. —Han manipulado sellos de tiempo —dijo Lucía sin preámbulo—. Los correos no coinciden. Hay transferencias con firmas digitales falseadas. Valentina dejó la libreta y frunció el ceño con teatralidad. —¿Firma digital? ¿Quién se cree, Picasso de los PDFs? Lucía la miró con esa mezcla de cariño y reproche que hace que cualquier plan parezca menos idiota. —Escucha —continuó—. Diego, el técnico de sistemas de la empresa, envió por fin algo. Hay irregularidades en las cabeceras de los correos: IPs que no encajan, rutas que se interrumpen como si alguien las hubiera cortado con unas tijeras muy prácticas. —Perfecto —dijo Valentina—. Nada como una conspiración con Wi-Fi. Ya veo la portada: *“Cuando el Internet conspira contra tu inocencia.”* Lucía no rió. Guardó silencio un segundo, y eso fue más dramático que cualquier música de fondo. —No es para bromas —murmuró—. Si esto sale a la luz, se abre una vía para demostrar la manipulación. Pero también hay riesgos. Alguien ha estado borrando rastros. Valentina tomó la frase y la dobló como si fuera una servilleta. —¿Alguien? ¿Quién? Porque si me vas a equivocarme de villano, al menos que tenga una historia buena y un peinado adecuado. Lucía torció la boca. Ella ya sabía que detrás de cada broma de Valentina había una estrategia. La diferencia era que ahora la estrategia tenía olor a pólvora. Mientras tanto, en un despacho con más vidrio que paredes, Alejandro Vargas miraba un documento en el que su nombre no aparecía, pero su decisión sí. Tenía la costumbre de precisar cada coma; esa vez las comas le sonaban a trampas. Por eso llamó a Diego, con la voz de quien pide claridad sin mostrar debilidad. —Repasa los encabezados otra vez —ordenó Alejandro—. No me interesa la interpretación, quiero la ruta. ¿Quién firmó? ¿Desde qué IP? Diego, que tenía más amor por los sistemas que por las ceremonias sociales, respondió con la calma de quien sabe que los cerrojos tecnológicos siempre acaban riéndose de los improvisados. —Hay algo raro —dijo—. Las firmas digitales están bien hechas a simple vista; los metadatos muestran una alteración: bloques de tiempo que se desplazaron. Es como si alguien hubiera desordenado las páginas de un libro y luego retomara la lectura. Alejandro apretó los labios. Esa imagen le gustó menos que el fútbol sin televisión. De vuelta en la celda, Valentina ensayaba respuestas. No iba a regalar la narrativa; se reservaría la verdad como quien guarda un as bajo la manga. Si el público ya la había coronado villana, mejor que la coronaran con estilo. —La gente ve lo que quiere ver —dijo en voz alta para que Lucía la escuchara cuando regresara—. Si la verdad fuera una película, la habrían puesto en el horario de la madrugada porque nadie quiere despertarse para la verdad. Lucía devolvió la mirada con gravedad. —Tenemos que encontrar a Isabel Navarro. Ella trabajó en la contabilidad antes; dice que vio algo aquel día. —Perfecto —respondió Valentina—. Que nos haga el favor de recordar lo que nadie más quiere admitir. Y si trae café, la contratamos de por vida. Lucía sonrió por primera vez en horas. Había un plan rudimentario: Isabel, el USB que supuestamente contenía archivos originales, y Diego como nuestro testigo tecnológico. Un triángulo poco romántico, pero eficiente. En la sala de prensa, Camila Herrera ya echaba semillas. Uno no se hace periodista sensacionalista por amor al prójimo; se hace por amor a los clics. Su primer tuit fue un poema escueto: *“Escándalo financiero sacude la ciudad; nombre de ejecutiva circula en los titulares.”* Y el río de opiniones no tardó en convertirse en tsunami. Valentina se enteró no por la televisión —las noticias en la cárcel eran tan elegantes como un manual de carpintería— sino por los murmurios que llegaban a través de la reja. Había gente opinando sobre su vida como si fuera el menú del día. La vida moderna: todo se juzga con cucharita. —Y qué bonito —murmuró—. ¿Sabes lo que más me molesta? Que alguien trató de escribir mi guion y se saltó el acto final. Lucía asintió. —Vamos a desmontarlo. No será bonito. Pero vamos a demostrar que alguien hizo trampa. —Y si no, al menos tendremos material para un monólogo —dijo Valentina—. “Cómo sobrevivir a un escándalo con tacones rotos.” ¿Lo firmo yo o lo vendemos a Netflix? Lucía la miró como si estuviera a punto de proponerle matrimonio a un fantasma. No era momento para chistes, pero los chistes eran la gasolina de Valentina; sin ellos, la estrategia era sólo un montón de papeles. Esa tarde, Diego consiguió una copia parcial y se la entregó a Lucía en un café donde las mesas sabían a conspiración barata. Ella conectó el USB con las manos que temblaban más de emoción que de miedo. En la pantalla aparecieron archivos, nombres, tiempos… y un video. Lucía lo reprodujo. Era la grabación del almacén. Lo que mostraba, en principio, confirmaba la discusión entre Valentina y Sergio. Pero había algo que la edición del clip no contaba: un segundo previo, que enlazaba a un fragmento más largo. Lucía buscó entre las carpetas y dio con él: era el archivo original. La escena se desarrolló con la cotidianidad de una mala tarde: voces elevadas, papeles que se agitan, pasos que van y vienen. Y luego, el movimiento que lo decía todo: alguien coloca un sobre en la mesa, lo abre, saca unos papeles y los deja donde después aparecerían como "evidencia". La cámara lo había grabado todo. Lucía dejó de respirar cuando la imagen ofreció un primer plano de la mano que depositó los papeles. No era la mano de Valentina. No había duda. Un anillo robusto, con un diseño recto y nada femenino, brilló por un segundo. Y, sin embargo, había algo más: la luz reflejaba un logo en el fondo del local, apenas discernible, que parecía ser de una compañía que nadie hubiese imaginado implicada. —Dios santo —susurró Lucía—. Esto cambia todo. Valentina, que había oído el murmullo desde la celda, se acercó a la reja como quien acude a la puerta de la iglesia cuando suena el milagro. Lucía le mostró el video en un móvil, y Valentina lo vio con la calma de quien se encuentra frente a un espejo que por fin no miente. —¿Ves? —dijo—. No soy la protagonista de una comedia mal escrita; soy la víctima de un truco barato. Y a mi me gusta el drama con mejores efectos especiales. Lucía apretó el móvil con fuerza. —Tenemos que entregarlo a Ana —dijo—. Si esto es real, demuestra manipulación intencionada. Valentina asintió, aunque una parte suya ya estaba pensando en las repercusiones: amenazas, silencios comprados, líneas cortadas. El poder no suele pagar por su mala prensa; suele silenciarla. Mientras salían del café, con el USB envuelto en papel como si fuera un tesoro impuro, Lucía recibió una notificación: un correo anónimo con una sola frase. No tenía remitente, ni firma. Solo decía: *“Deja eso. No sabes en qué te metes.”* La frase colgó en el aire como un cuchillo bien afilado. Valentina la miró y soltó una sonrisa que no era de chiste ni de miedo, sino de desafío. —Si la gente tuviera menos miedo de la verdad y más miedo de las mentiras, otro gallo cantaría —dijo—. Y si ese gallo supiera cantar en acorde, ya tendríamos concierto. Lucía no rió; guardó el USB en su bolso y apretó el paso. No era momento de valentías poéticas; era momento de estrategia. Iban a ver a Ana, y con Ana, a la fiscalía. Iban con pruebas. Iban, además, con la sensación de que alguien las vigilaba. En la penumbra de su despacho, Alejandro leyó la misma notificación que Lucía había recibido —la empresa de correos había un sistema que permitía rastrear cabeceras, pero el remitente había usado una vía que se ocultaba con facilidad—. La persona que había enviado el mensaje quería que las manos se apartaran. Tal vez porque el sendero era peligroso. Tal vez porque alguien más prefería las cosas como estaban. Alejandro se quedó mirando la pantalla. Por primera vez en días, la certeza le daba náuseas. Había un ruido debajo de la evidencia, como si alguien hubiera puesto una cinta adhesiva sobre la verdad. Y él no sabía todavía si la cinta la había pegado un aliado o un enemigo. La última imagen que quedó flotando en la cabeza de Lucía antes de apagar el móvil fue la del anillo en el video. No pertenecía a Valentina. No era de Sergio tampoco; tenía un estilo corporativo, frío, con la impronta de quien se cree intocable. Lucía apretó los dientes. —Si alguien nos quiere calladas —susurró—, que venga a intentarlo. Un segundo después, el móvil vibró con una llamada entrante de un número desconocido. Lucía la miró. No contestó. Dejó que sonara hasta que la voz del contestador prometió que no habría respuesta y que el misterio seguiría ahí, esperando. En la pantalla del móvil, tras la llamada perdida, apareció una foto nueva: un documento escaneado con una firma que correspondía al nombre **Alvarado & Asociados** y, en el margen, una anotación a mano: *“Tiempo real: 18:42 — Cámara 3”*. Lucía sintió el mundo girar un poco más rápido. ¿Quién había decidido jugar con los relojes de la verdad?
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