La prisión no era un spa, y cualquiera que esperara aromaterapia se llevaría una decepción —a menos que le gustara el perfume a lejía con notas de corn flakes—. Valentina, sin embargo, había aprendido a encontrar lujo en lo mínimo: un vaso con agua fría, una almohada decente y una libreta donde convertir calamidades en letras y, si la ocasión lo pedía, en chistes que dolían menos que la verdad.
Esa mañana, la rutina habitual tuvo una excepción: una mujer mayor con manos de trabajo y cara de quien conoce las trampas del mundo porque las ha visto limpiar. Se llamaba Rosa Martínez, pero en la novela que le gustaba inventarse Valentina la llamó internamente “Doña Rosa, detective de fregaderos”. Rosa había sido durante años la encargada de la limpieza en el almacén donde se desarrolló la famosa discusión que ahora los noticieros repetían en loop. Nadie pensó que una señora que barría y recogía recibos pudiera ser testigo clave. Error estupendo.
—Vengo con los zapatos sucios de verdades —dijo Rosa sin quitarse el delantal, y Valentina rió aunque intentó disimular la esperanza que le subía por la garganta.
—Cuéntalo todo —respondió—. Y si vas a dramatizar, dalo en un acto. A mí me va el teatro con café.
Rosa se acomodó en la esquina de la sala de visitas como quien entra a escena con el libreto bajo el brazo.
—No pude hablar antes —empezó—. Temía por mi trabajo y por mi seguridad. Pero ya no pueden despedirme más; me han quitado el puesto dos veces y la dignidad una.
Valentina hizo un gesto de complicidad.
—Perfecto. Entonces estás en la fase “sin filtros”. Empieza cuando quieras.
Rosa miró alrededor, midió el tiempo con ojos que pesaban más que los relojes, y comenzó a narrar con la sencillez brutal de quien sabe que los detalles, bien puestos, desmontan cualquier montaje.
—El día que pasó todo —dijo—, yo estaba recogiendo papeles detrás de la mesa. Los ves, esos sobres con membrete, casi todos terminan en la papelera porque nadie los lee. Pero ese día vi a alguien dejar un sobre con papeles dentro, y no era la señorita Valentina.
Valentina contuvo un comentario ingenioso a punto de salir: “por supuesto, yo soy muy de cobrar intereses morales, no de esconder documentos.” Lo reprimió. Tenía algo que ganar más valioso que una réplica perfecta: la verdad.
—¿Cómo era la mano? —preguntó Lucía, clavando la mirada porque cualquier mínimo detalle podía ser una vértebra del esqueleto que buscaban reconstruir.
Rosa sonrió como quien recuerda una canción conocida.
—Grande, con un anillo distinto. No de oro llamativo, sino de esos que parecen sello de empresa, grueso, con un logo. Lo vi porque la luz golpeó y el anillo brilló. No sé nombres, nunca fui de mucho chisme, pero recuerdo el logo. Y algo más: vi a ese hombre abrir un cajón y sacar unos papeles que después aparecían en los archivos.
Valentina sintió que la piel se le erizaba de un modo que no era frío ni calor, sino verdad. Esa anécdota era una pieza que encajaba con la foto del anillo, con el video truncated, con la firma de Alvarado & Asociados. Era, además, lo que podía convertir una sospecha en una acusación fundada.
—¿Podrías reconocerlo si lo vieras otra vez? —preguntó Ana, que observaba con la precisión de quien tiene un juicio en la palma de la mano.
—Si lo veo, lo señalo —respondió Rosa—. Y si tengo que gritar, grito.
Valentina aprovechó el coraje de Rosa para soltar una de esas verdades en forma de puñal afilado: —Algunos guardan secretos en cajas fuertes; otros los dejan caer como migas para que los pájaros mediáticos se los coman. Lo penoso es que los pájaros a veces votan.
La frase cayó y rebotó en la sala. Ana tomó nota, Lucía apretó los puños y Rosa bajó la mirada con el orgullo de quien, al fin, podía limpiar con nombres en la mano.
Antes de despedirse, Rosa deslizó algo entre sus manos: una pequeña barrita de jabón envuelta en papel. Valentina arqueó la ceja.
—No lo entiendo —dijo—. ¿Jabón de testigo?
Rosa se rió sin vergüenza.
—No es por higiene —dijo—. Esconde una memoria USB. Cuando limpiaba, metí allí una copia del video original. No podía llevarla de frente; al que limpia no lo miran dos veces. Si queréis, ponedlo en manos de Ana. Pero tened cuidado: la memoria está grabada en bruto. No sé qué pasó cuando la quitaron de la cámara. Solo sé que lo vi.
Valentina palideció un poco —era una palidez espectacular, como la de quien se entera de que la tarta está sin azúcar—. Tener el archivo original era tener la linterna en la cueva donde alguien intentó esconder la verdad. Era la diferencia entre rumor y prueba.
—Eres una heroína con delantal —murmuró Valentina—. Si te dieran una serie, la vería, aunque la protagonizara un fregadero.
Rosa sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, Valentina vio alivio en sus ojos. La señora que había barrido papeles era ahora la mujer que podía devolverle a Valentina algo esencial: la posibilidad de limpiar su nombre.
—Guardad esto —susurró Rosa—. Y si desaparece algo, acordaos de quien limpiaba, no de quien mandaba.
Al salir, Rosa dejó a las mujeres con más armas que cuando entró. La libertad de una testigo a veces vale más que diez abogados con trajes nuevos.
Mientras tanto, en la oficina de la empresa, Diego había estado trabajando como si su teclado fuera un foro de guerra. Las cabeceras, los relays, los logs: todo hablaba un lenguaje que solo él parecía entender. Y el lenguaje decía cosas inquietantes.
—Encontré accesos desde una terminal específica —dijo Diego a Alejandro—. Desde la máquina del piso ejecutivo. A las 18:36 hubo una conexión a la cuenta de soporte que no encaja con los accesos normales.
Alejandro llevaba un día en el que las certezas empezaban a pedir permiso para salir. Que la terminal implicada estuviera en el piso ejecutivo no era una casualidad inoportuna; significaba que alguien con acceso abrió la puerta desde dentro.
—¿Quién usa esa terminal? —preguntó Alejandro con la cadencia de quien trata de no asustarse.
—Muchos. Pero la última sesión antes del acceso que nos interesa fue iniciada por el terminal de seguridad, y ese terminal lo usa el jefe de planta… o alguien con su chip.
La palabra chip sonó en la sala como un golpe leve. Los sistemas de control de acceso no son infalibles, pero sí son honestos sobre quién pasa por las puertas. Si el chip usado correspondía a alguien con perfil de alta confianza, la lista de sospechosos se encogía.
—¿Podemos rastrear el chip? —preguntó Alejandro.
—Sí —respondió Diego—. Pero podemos hacerlo de dos maneras: a lo bruto y a lo discreto. A lo bruto, se arruina reputaciones sin orden; a lo discreto, se encuentra la verdad sin alertar a los que manipulan.
Alejandro miró por la ventana, hasta donde la ciudad se recortaba en luces. Sintió, por primera vez en mucho tiempo, el vértigo de no saber quién estaba a su lado en la mesa.
—Hazlo discreto —mandó—. Y recoge todo lo que puedas sin levantar polvo. Si esto es una trampa, quiero que la trampa quede bonita para presentarla en la fiscalía.
Mientras el engranaje tecnológico se ponía en marcha, Valentina volvió a su celda con la barrita de jabón envuelta en el bolsillo. Tenía una daga nueva: lo que Rosa había traído. Tenía también cierta ansiedad: ahora los pasillos tenían más ojos. Como cuando uno sabe que lleva encima una excusa brillante.
Esa noche, en la cocina de la prisión, alguien dejó caer un rumor travieso: un número no identificado había llamado a la empresa; la persona al otro lado preguntó por una carpeta marcada con el nombre VALENTINA, y luego colgó sin más. El rumor llegó a Valentina como llega una ola: inesperado y con espuma.
—A veces —dijo en voz alta a la nada—, la gente mira el nombre de quien cae y no la mano que empuja. Es más cómodo. Y si hubiera un premio por mirar al que pega, la gente lo repartiría en sobres.
Lucía la miró y contestó con la firmeza que siempre mostraba: —Hoy tenemos a Rosa, al USB y la ecografía. Mañana tenemos a Rojas en la mesa. Estamos avanzando. No pises el acelerador de la paranoia; usa el freno del plan.
Valentina asintió, aunque por dentro un pensamiento no la dejaba en paz: si había alguien capaz de mover los relojes y las cámaras, ¿qué impediría que moviera también las puertas de la verdad?
En la oscuridad de sus pensamientos, se formuló una pregunta que hasta entonces solo se permitía en sus noches más irónicas: ¿y si la verdad necesitara ser irrumpida como quien entra sin llamar a una reunión importante? Eso significaba riesgo. Y a Valentina le gustaba apostar, siempre que la apuesta tuviera sentido y algún humor n***o para acompañarla.
El final del día trajo una novedad que hizo que hasta el papel del expediente crujiera con nervios: Diego llamó a Ana para decirle que había encontrado rastros de una transferencia que había pasado por una cuenta puente vinculada a Alvarado & Asociados, y que el anillo del video coincidía con el logo de una subcontrata que figuraba en varias facturas internas. Las piezas parecían apuntar a la misma dirección.
—Esto es más grande de lo que creíamos —murmuró Ana, mientras guardaba la información en una carpeta que olía a nervio y a cafeína—. No debemos ir sin Rojas, ni sin pruebas sólidas.
Valentina cerró los ojos un segundo. Tenía la sensación de estar sobre una mesa de billar en la que las bolas se movían con voluntad propia, y cualquier golpe mal dado la mandaría a la boca de salida. Pero cuando volvió a abrirlos, sonrió con esa mezcla de ternura y filo.
—Que se ocupen los que llevan corbata —dijo—. Nosotras haremos lo demás: respiraremos, reiremos y, si hace falta, gritaremos al final del acto.
Lucía le devolvió la sonrisa. Había algo de plan en la broma; había algo de fe en la sátira.
Justo cuando Valentina guardaba la barrita de jabón en la sección secreta de su almohada, el teléfono de Ana emitió un sonido agudo: un mensaje de texto sin remitente. Solo contenía una foto: la captura de una pantalla donde, en gran angular, se veía la cámara 3 con la fecha y la hora exacta… y, en el centro del encuadre, la figura de alguien con la espalda muy familiar: llevaba una chaqueta con las siglas de la empresa y, al girar ligeramente la mano, se distinguía el mismo anillo con el logo. Debajo, un texto lacónico: *“No mires sólo el dedo; mira a quién pertenece la mano.”* Ana dejó caer el teléfono; la pantalla quedó iluminada en la oscuridad, como un faro que no aclaraba nada pero exigía que alguien respondiera.