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La noche tenía un aire tramposo, del tipo que te promete silencio pero te regala miradas. Valentina y Alejandro aceptaron, por separado, la propuesta de Lucía: investigar juntos esa tarde, no por protocolo ni por espectáculo, sino porque la verdad a veces necesita compañía para salir de su escondite. No era una reconciliación, si alguien buscaba ruletas sentimentales; era una alianza calculada con riesgo emocional incluido.
El lugar elegido fue un almacén reciclado, con ventanas altas y polvo en las esquinas que hacía que todo pareciera un plató olvidado. Héctor y Diego montaron el equipo técnico: un portátil con más cables que sentido común y cámaras dispuestas como si fueran invitados a una boda incómoda. Rosa se quedó fuera, con una expresión que decía: “Si algo huele a quemado, por favor que no sea yo la tostada.”
Cuando Alejandro llegó, su traje parecía haber sido apretado por preocupaciones; Valentina llevaba una chaqueta que decía “no me toques el ego” en su propio idioma: gestos precisos, sonrisa controlada. Se saludaron con la formalidad de dos actores que saben su papel, pero que también llevan un libreto escondido.
—Esto se ve a prueba de cámaras —murmuró Valentina—. Ideal para quienes quieren acciones y no filtros.
—Y a prueba de chismes mal escritos —contestó Alejandro—. Aunque eso depende más del autor que de la estructura.
Se pusieron a revisar las grabaciones originales del almacén, con el volumen al mínimo y las imágenes ampliadas hasta que los píxeles parecían protagonistas. Veían manos, sombras, movimiento; veían la rutina que alguien había querido convertir en montaje. En un momento, una toma mostró el brillo del anillo que tanto les había perseguido. Valentina observó la imagen y, en un susurro que nunca llega a quienes no la conocen, soltó una de sus frases:
—Si la lealtad fuera una llave, algunos la habrían prestado y luego la venderían por piezas.
La frase dio un golpe seco y provocó una risa contenida en Lucía, que no perdía el humor ni bajo amenaza. Alejandro, por su parte, no sonrió; miró la pantalla con la seriedad de quien empieza a unir puntos que le desagradan.
Mientras Héctor corría un script para limpiar metadatos, Diego señaló un detalle que pocos habían visto: un patrón en la iluminación, un resplandor fugaz que, al ampliarlo, mostraba una placa incrustada en la mesa del almacén. No era el logo grande que ya conocían, sino una insignia pequeña, casi ridícula por su discreción. Al agrandar aún más, la forma parecía coincidir con la de la placa que usaban en las entradas del personal del piso ejecutivo.
—Eso no es un adorno —dijo Diego—. Es un sello. Y alguien lo colocó a propósito para que el reflejo del anillo destacara.
Valentina se inclinó hacia la pantalla, con los ojos brillando en la penumbra.
—Entonces estamos en presencia de un director de fotografía con mala fe —comentó—. ¿Cobró por escena o por emoción?
Alejandro, que había mantenido una distancia profesional durante semanas, dejó escapar una exhalación que fue más humana que corporativa.
—Quiero creer que alguien lo hizo por dinero, no por venganza personal —dijo—. La venganza personal duele más porque busca la ruina de quien no ha pedido un juicio.
Valentina le lanzó una mirada que la cámara no alcanzó a captar, una de esas miradas que combinan la ironía con una tristeza organizada.
—La venganza es el menú de quienes no entienden la justicia —replicó—. Te sirve frío y suele llegar con salsa de arrepentimiento que nadie consume.
Alejandro no respondió de inmediato. En lugar de palabras, ofreció una taza de café que, milagrosamente, le supo a tregua. Se sentaron frente a frente ante la pantalla, viendo a sus respectivos reflejos entre códigos y rectángulos.
—¿Por qué crees que alguien quiere destruirme? —preguntó Valentina de pronto, más vulnerable de lo que le cabía en un discurso público.
—¿Quién —respondió Alejandro, sin evitar la sinceridad—? No lo sé. Pero sospecho que no es sólo por ti. Es por lo que representas. Por la forma en que te niegas a ser decorado en un despacho.
La respuesta dejó un silencio que no pedía eco. Era un silencio que se llenó con el zumbido del servidor y con la respiración de quienes estaban demasiado cerca del volcán de la verdad.
Valentina, que rara vez se permitía hablar sin armadura, se soltó un poco.
—Antes de todo esto —dijo—, pensaba que la vida era una suma de errores con glamour. Ahora sé que es una suma de decisiones con consecuencias. Y que a veces las consecuencias las pagan los que menos deberían.
Alejandro bajó la mirada, como si estuviera contando en su cabeza los pasos que lo llevaron allí.
—Si algo bueno tiene esto —murmuró— es que me obliga a ver. Y ver a veces es doloroso si uno no quiere admitir que es culpable de las cosas que dejó sin mirar.
Valentina giró la taza entre las manos y le lanzó otra de esas líneas que cortan con destreza.
—Admitir es el primer paso hacia la corrección. Lástima que algunos confunden admitir con perder. Y no hay pérdida más estúpida que la del orgullo mal puesto.
La frase fue directa, hermosa y doliente. Alejandro la escuchó como quien escucha una verdad que no puede negar. Hubo un momento en que parecieron dos personas sin máscaras, dos que habían transitado demasiadas tormentas y que ahora, por un instante, se reconocían en la orilla.
La investigación siguió, pero la atmósfera se había transformado: el trabajo, por primera vez, estaba acompañado de la atenuación del rencor. Compartieron anécdotas breves: una discusión tonta en una reunión de hace años, un café mal pagado, un comentario que había quedado guardado. La risa apareció de manera natural, sin cámaras, y fue una cura provisional.
—¿Sabes? —dijo Valentina con una sonrisa—. Si pusieran nuestras reuniones en novelas, la gente pediría reembolso por exceso de drama.
—Y opciones de descuento por sarcasmo —respondió Alejandro—. Pero el drama aquí tiene factura, y no la quiero.
En un momento, cuando revisaban un registro de accesos, apareció una anotación que hizo que las manos de Alejandro se volvieran más rígidas: una entrada con la hora 18:41, desde la terminal del jefe de planta, con la misma marca de chip que había señalado Diego días atrás. La inicial S.M. brilló de nuevo como un relámpago de humo.
—¿S.M.? —murmuró Valentina—. Esa inicial tiene más habilidad para aparecer que una cuenta de memes.
—Santiago Morales —confirmó Alejandro con voz baja—. Estuvo aquí. No sé si por trabajo o por otra cosa.
El nombre les golpeó con la misma potencia que una piedra en el vidrio. En el pasado, Santiago había sido un aliado, una voz cercana en reuniones; la idea de su posible implicación les dolió como una traición doméstica.
—No lo quiero creer —dijo Alejandro, y era tan simple como humano.
—A mí me gustaría creer en milagros —respondió Valentina—. Pero la evidencia no es creyente. Es obstinada.
La tarde avanzó con más revisiones, más cruces de datos y varios “no puede ser” repetidos en voz baja. La investigación técnica arrojaba resultados que apuntaban a una operación meticulosa: alguien con acceso, recursos y el cinismo para tapar huellas. No era un ladrón improvisado; era un constructor de trampas.
Cuando el equipo cerró la sesión y se dispuso a marcharse, Alejandro se quedó un momento más en el almacén, frente a la pantalla. Valentina, que se preparaba para irse, lo vio quieto y se acercó.
—¿Vas a confesar algo ahora? —preguntó ella con ironía, pero con el brillo de la expectación en los ojos.
—Confesar no me arregla las cosas —respondió él con honestidad—. Pero quiero estar dispuesto a limpiar lo que haga falta. Si mi empresa faltó, pagaré. Si hice daño, lo admitiré. No necesito que me perdonen; necesito hacer lo correcto.
Valentina lo miró con una mezcla de duda y sorpresa. Era la primera vez que escuchaba a Alejandro admitir la palabra “pagar” sin advertencias. En el silencio, su proximidad se sintió como una promesa diferencial.
—Bien —dijo finalmente—. La justicia no siempre admite billetes, pero sí acciones. Que se ponga a hacerlas.
La despedida fue breve. Salieron al frío, y por primera vez en las últimas semanas, la calle parecía menos hostil. Caminaron juntos filas reducidas, cada uno con su sombra y con preguntas que no se resolvían de inmediato.
—Oye —dijo Alejandro de repente—. Gracias por no haberme linchado en las redes.
Valentina soltó una risa.
—Gracias por no haber firmado el acta del linchamiento —replicó—. Pequeños logros.
La broma alivió la tensión, y en la esquina, Lucía les esperaba con dos cafés para llevar. Los minutos parecían regalarles un respiro. Pero la vida, en esas noches donde la verdad se acerca con pasos lentos, nunca concede todo.
Diego llamó con voz urgente: había una nueva grabación de la cámara 3. La reprodujeron. Era corta, borrosa y horrorosamente clara en su intención: mostraba a una figura dejando algo en la mesa del despacho ejecutivo y, al girar, por una fracción de segundo, la cámara captó el perfil de la persona. No era la mano temblorosa de un desconocido; era alguien con la postura de quien actúa con confianza. El detalle que heló a todos fue la placa de la taza que sostenía la persona: las letras **S.M.** resaltaban sobre el fondo oscuro.
Un silencio profundo cayó sobre el grupo. Ni la risa ni la ironía parecían tener voz allí. Alejandro cerró los ojos por un instante, como si al hacerlo pudiera borrar la imagen.
—¿Y ahora? —preguntó Valentina en voz baja.
—Ahora —dijo Diego—, tenemos que entrar en la casa del amigo. Y no me refiero a la casa de nadie metafórica: hay que revisar accesos, permisos y la historia de la tarjeta.
Valentina apretó la taza y entonces, con la crudeza que solo tiene la gente que ha sido puesta en el centro de una tormenta, dijo:
—Si S.M. es Santiago, esto no es un error más. Es una película con guion. Y lo que más me preocupa es que alguien escribió la primera escena en mi nombre.
La frase quedó flotando. Nadie sabía si era rabia, miedo o determinación. Lo cierto era que la investigación había pasado de buscar huellas a mirar rostros conocidos con ojos nuevos.
Cuando Alejandro tomó su teléfono para llamar a Santiago y pedir explicaciones, en la pantalla apareció un mensaje nuevo: una foto tomada desde dentro de un coche, borrosa por la velocidad, donde se veía a alguien muy parecido a Santiago subiendo a su vehículo —pero lo verdaderamente inquietante era el asiento del copiloto, donde se distinguía, por un segundo, una caja metálica con la etiqueta **COPIA FINAL**. Debajo, un texto lacónico: *“No corras.”* Alejandro dejó el teléfono caer sobre la mesa. La palabra parecía ahora una sombra que se estiraba hacia ellos: ¿qué haría Santiago, su amigo, cuando la sospecha tocara su puerta?