La mañana amaneció con olor a jaula: no a cárcel, sino a esa jaula de egos donde algunos creen que las explicaciones se compran por kilo. Valentina llegó a la fiscalía con la misma sonrisa que usa en las fotos malos días: de esas que dicen “trae palomitas si te vas a entretener con la verdad”. Lucía, puntual como quien reparte órdenes, dejó sobre la mesa una pila de documentos que olían a café, tinta y a pocas ganas de dar marcha atrás.
—Tenemos el inventario completo —anunció Ana, desplegando hojas con la calma de quien va a pelar una cebolla: capa por capa—. Facturas, registros de rutas, recibos con firmas y... pagos. Muchos pagos.
Diego, que parecía haber nacido con un radar para rastros digitales, puso sobre la mesa lo que más les faltaba: un pago reciente a una cuenta que, a simple vista, era tan discreta como una fiesta sorpresa en la que todos llevan camisetas con el nombre del homenajeado.
—La transacción salió de una cuenta vinculada a una subcontrata que figura en las facturas de Alvarado & Asociados —dijo—. Y el beneficiario final es una cuenta que corresponde a una persona que habíamos identificado como “testigo clave” para la contra-investigación.
Valentina se reclinó, preparando la réplica que se le da a quien aún piensa que la prensa es un buffet libre.
—Si la honestidad fuera moneda, algunos deberían pedir préstamo hipotecario —soltó—. Y si la vergüenza fuera impositiva, nos haríamos ricos cobrando intereses.
La frase cayó como una moneda en una alcancía: tintineó y dejó claro que no habría perdón barato. Ana, sin embargo, tenía el gesto de quien opera sobre una línea fina: no era momento de sarcasmos; era momento de cerrar el lazo legal.
—Vamos a solicitar órdenes de bloqueo para esa cuenta ya —dijo—. Y citaremos al testigo a declarar en presencia de la fiscalía. Si alguien intentó comprar silencio, lo haremos público y penal.
Rojas, que había llegado con la gravedad práctica de quien lidia con amenazas desde hace años, asintió.
—Y yo pediré medidas cautelares para proteger a los testigos que cooperen—añadió—. Si hay pagos por debajo de la mesa, habrá que seguir el rastro hasta la bandeja de entrada de quien los ordenó.
Mientras Ana redactaba las solicitudes, Lucía y Rosa fueron a la dirección física del beneficiario en la factura. Era un pequeño despacho que, sobre el papel, funcionaba como “consultora logística”. En la realidad, la “consultora” era una oficina con dos sillas y un archivador que había visto mejores días. El recepcionista —un hombre amable con cara de quien se arrepiente de haber modificado el número de teléfono en la tarjeta de visitas— negó conocer pagos importantes. Dijo que la persona que figuraba como titular se encontraba “ocupada” y que no era la primera vez que recibían visitas por temas financieros.
Rosa, que tiene la paciencia de quien limpia calcetines sucios y aun así sonríe, no se fiaba.
—¿Nadie en la zona vio nada? —preguntó—. ¿Entregas? ¿Mensajeros? Hay algo que no cuadra.
El recepcionista soltó una risita nerviosa.
—A veces vienen furgonetas por la noche —dijo—. Traen cajas y se las llevan. Ninguno pregunta. Hoy por la mañana había una caja vacía en la puerta.
Valentina, que había aprendido a leer rostros como quien lee menús en restaurantes, captó la incomodidad.
—Entonces tenemos testigo, caja y horas —resumió—. Es el trío perfecto: uno miente, otro entrega y el tercero cobra. ¿Quién hace la lista?
Regresaron con la foto de una caja, una hora y una ruta. Diego cruzó datos: la furgoneta asociada a la subcontrata figuraba en una factura reciente y su movimiento coincidía con los retiros de la caja metálica que Rosa había encontrado. Todo apuntaba a lo obvio: alguien pagó para que una copia desapareciera y para que otra versión —la manipulada— fuera la que circulara.
—La pregunta no es si pagaron —dijo Diego, con esa voz de técnico que parece decir verdades y no chistes—. La pregunta es: ¿quién ordenó el pago? Porque las firmas y los números a veces son una coreografía. Hay que ver quién dirigió la orquesta.
Sergio Alvarado, por supuesto, tenía la cara de quien no es sospechoso hasta que hay que demostrarlo. Para rascar más a fondo, Lucía pidió la lista de beneficiarios y, entre facturas y transferencias, apareció una entrada con la misma hora 18:42. El rastro mostraba una transferencia a una cuenta puente, y esa cuenta puente había sido activada por una orden desde un terminal corporativo… terminal que, casualmente, había registrado movimientos en horario de oficina que alguien quiso hacer pasar por automatismos.
Valentina miró la hoja y apretó los labios.
—Si la limpieza tiene precio, elegiré un jabón que deje marca —dijo—. Al menos sé qué olor tienen las mentiras; huelen a billetes usados.
Ana presentó de inmediato la petición: bloqueo, citación, preservación de logs. Rojas ordenó vigilancia en torno a la oficina de la supuesta “consultora” y pidió además verificar la presencia local de cualquier persona que figurara como testigo. La fiscalía, por su parte, acordó emitir una orden para que el banco congelara la cuenta puente hasta nuevo aviso. El país, como si fuera pez enredado, empezó a mirar el plato.
La tarde trajo una llamada inesperada: el “testigo” citado se negó a declarar frente a la fiscalía. Alegó que temía por su seguridad y que ahora estaba “muy ocupado” en otro país. Ana frunció el ceño: la evasión era un movimiento clásico cuando alguien ha recibido billete y retiro.
—Si alguien se compra la memoria, luego tiene que comprar la conciencia también —dijo Valentina con media sonrisa—. Y la conciencia es cara; suele venir con intereses.
Lucía, que ya olía tramas, fue más práctica: rastreó la transferencia del pago a la cuenta puente y la enlazó con una tarjeta corporativa cuyo número parcial coincidía con una que había sido usada días antes para pagar el VPS. La línea emergía repetida: pagos, tarjetas y conexiones que llevaban a un círculo estrecho. Ana pidió a la jueza que autorizara la apertura de los registros de la tarjeta en cuestión; la jueza, con la prisa que suelen tener los magistrados cuando ven pruebas, firmó la orden.
Mientras tanto, en el despacho de Alejandro, el teléfono sonó con insistencia. Era una llamada del banco: habían hecho una consulta sobre una carga inusual. Alejandro, que no tenía intención de ser sospechoso, pidió explicaciones a sus responsables; nadie, sin embargo, podía dar una respuesta verosímil. Santiago, por su parte, mantenía un perfil bajo y se presentaba dispuesto a colaborar, pero su gesto delataba incomodidad.
—Si alguien quiso usar mi firma —dijo Santiago en un encuentro tenso con Alejandro—, será investigado. No tengo problema en que revisen todo lo que haga falta.
Alejandro respiró. Sus ojos buscaban un respiro en la ventana. La presión le apretaba como una camisa demasiado ajustada.
Mientras la investigación avanzaba, Rosa recibió otra llamada anónima: “dejen la caja donde la encontraron y agáchense si quieren vivir para contarlo”. La llamada fue guardada como prueba; la voz, distorsionada, tenía ese deje que ya conocían: amenazas envueltas en radio.
Valentina reaccionó como siempre: conjuró el sarcasmo y lo convirtió en estrategia.
—Si alguien cree que el miedo compra silencio, está olvidando que también compra bronca—dijo—. Y la bronca, cuando tiene forma de carpeta legal, es muy incómoda.
Ana no rió; anotó. Tenían que proteger a Rosa, preservar las pruebas y, sobre todo, mantener el impulso. La fiscalía procedió a bloquear la cuenta y a enviar un oficio internacional para rastrear los movimientos de la persona que había huido. La jugada parecía sólida, pero la cabeza del tablero aún tenía sombras.
Esa noche, Diego no se fue a casa. Se quedó revisando los metadatos, cruzando horarios y pegando nombres como quien arma un mosaico. Y encontró algo que les heló la sonrisa: una copia de la orden de pago había sido creada desde una IP interna de la empresa, pero con una firma digital que, técnicamente, coincidía con la de un autorizador que ya había sido consultado. Era probable que la firma hubiera sido usada sin autorización, pero la huella digital era contundente.
—Esto es peor que un mal café —dijo Diego—. Quién puso esa firma lo hizo con conocimiento. No parece un error de procedimiento.
La implicación era simple y terrible a la vez: alguien con acceso habilitó la ruta del dinero. No necesariamente con intención directa de incriminar, pero sí con la eficacia de quien sabe cómo funcionan los engranajes.
Valentina, al enterarse, cerró el puño y luego soltó una frase que puso a todos en su lugar.
—Si la confianza fuera un contrato, algunos lo andarían firmando con lápiz. Y cuando llueve, borra todo.
Lucía apretó los dientes. Tenían que trazar no solo quién cobró, sino quién firmó y por qué. Ana preparó la lista de preguntas para la jueza: autorización de pagos, acceso a terminales, testigos de la firma y, sobre todo, la trazabilidad de la tarjeta que movió el VPS.
En la madrugada, cuando la fiscalía ordenó una medida de urgencia para congelar activos y solicitar cooperación internacional, llegó otro golpe: una foto anónima a la carpeta de Ana. Mostraba un recibo manchado con café: un pago en efectivo entregado en mano, a las 19:03, firmado con una rúbrica que —por la tinta, la presión y la caligrafía— parecía coincidir con la de una persona que aún formaba parte del entorno directo de Alejandro.
Ana miró la imagen y dejó el teléfono sobre la mesa. No dijo nada. Sus dedos se movieron sobre el teclado y pidió una pericia urgente. La noche no era propicia para respuestas sencillas. Tenían indicios, conexiones y peligro.
Cuando Diego cruzó por última vez la lista de IPs y los números de tarjeta, encontró una coincidencia que parecía un zarpazo: la tarjeta usada para pagar el VPS mostraba un cargo fantasma en la cuenta de un proveedor que, a su vez, había transferido fondos a una empresa offshore con sede en un paraíso fiscal. El nombre del beneficiario offshore tenía como apoderado una persona cuyo apellido coincidía con las iniciales **S.M.** Diego dejó la pantalla. En el silencio, la palabra que se oyó fue una mezcla de incredulidad y advertencia: *“No puede ser…”* ¿Qué pasaría si las huellas no solo apuntaban a subcontratas y cuentas puente, sino a alguien que, con siglas y sonrisa, se movía demasiado cerca del corazón de la empresa?