La noche parecía una cortina pesada que nadie se atrevía a correr. En la sala forense, las pantallas lanzaban luces frías y las tazas de café acumulaban historias que nadie quiso firmar. Había algo de teatro en el aire —pero del malo, ese que no deja aplausos sino facturas—. El nombre de Sofía Márquez flotaba ahora por toda la investigación como una moneda rara: valiosa, sospechosa y con muchas caras que no terminaban de coincidir.
Ana abrió la carpeta con la seriedad de quien maneja papeles que pueden arruinar vidas o salvarlas. Había pericias, intercepciones, backups, y también la inevitable cadena de correspondencia que los chantajistas suelen dejar como guías de usuario: “cómo montar un montaje en tres pasos fáciles”. Todo olía a técnica: preset acústico, certificados firmados desde cuentas dudosas, y, sobre todo, un patrón que repetía las iniciales S.M. como si fueran una firma predeterminada.
—Tenemos que diferenciar tres cosas —dijo Ana, apretando las páginas—: lo que se ve en la pantalla, lo que sabemos por datos y lo que pudiéramos creer por corazonadas. La justicia trabaja con lo segundo; el circo con lo primero.
Valentina, con su habitual mezcla de ironía y armas blancas lingüísticas, soltó una frase que clavó la atención:
—Si los chismes dieran rendimiento, ya estaría jubilada. Pero como no, prefiero cobrar la verdad con recibo.
Lucía rió por lo bajo; era la risa de quien sabe que el humor sirve para sostenerse en la cuerda floja. Rojas había coordinado una orden judicial para entrar en la oficina de Sofía y en la de la consultora. La custodia era delicada: había que preservar evidencias y no convertir la red en una escena de pillaje mediático.
Cuando el equipo entró en la oficina de la consultora, la primera impresión fue de limpieza minimalista: sillas ergonómicas, plantas que simulaban vida y una estantería con libros de seguridad que olían a biblioteca bien puesta. Sofía recibió la visita con una compostura que oscilaba entre la indiferencia profesional y la incomodidad legítima; se notaba que no le gustaba la cámara de vigilancia que ahora la miraba como juez improvisado.
—Lo siento —dijo Sofía de entrada—. Solo vine a colaborar. Si creen que vine a meterme en nada, que lo hagan con pruebas.
Ana le pidió calma y le explicó el procedimiento. Sofía accedió a entregar su ordenador, su móvil y la pulsera con las iniciales S.M. que ahora parecía un talismán incómodo. Diego, Héctor y los peritos iniciaron la copia forense. Todo se movía con la lentitud precisa que tiene cualquier buena operación pericial: paso a paso, sin ruido.
Mientras tanto, en otra sala, Alejandro esperaba con la sensación de quien ha descubierto que alguien ha cambiado las llaves de su casa por otras con menos calidad. Había culpabilidad en el aire, pero también la sobriedad de quien sabe que los juicios apresurados suelen dejar arrepentimiento de saldo. Llamó a Santiago para informarle que tendría que declarar; Santiago contestó con voz quebrada: “Lo que haga falta, lo haré”.
Las horas pasaron y los logs fueron revelando cosas que no eran cómodas: la IP que había subido el archivo maestro del vídeo coincidía con una terminal que registraba accesos del jefe de seguridad en horarios nada previstos. El certificado digital usado estaba emitido por un proveedor subcontratado cuya persona de contacto coincidía con esas famosas iniciales S.M. —pero el rastro no era tan simple: la misma red mostraba pings que saltaban por una infraestructura que implicaba más de una mano.
—Esto parece un coro con varios cantantes —murmuró Héctor—. No cantan exactamente igual, pero sí con la misma partitura.
Valentina frunció el ceño y dejó salir otra de sus filosas líneas:
—Que la mentira tenga coreografía no la convierte en balada. La hace más aburrida.
A las seis de la tarde, la copia forense del portátil de Sofía devolvió sus primeras sorpresas. Había archivos temporales, logs de conexiones, y una carpeta oculta con una estructura de nombres que resultó inquietante: *PROJECT_SILENCE > UPLOADS > 19_40_MASTER*. Nadie esperaba encontrar allí esa nomenclatura tan explícita; era como entrar en una cocina y hallar sobre la mesa la bandeja con la receta utilizada.
—¿Quién nombra así los archivos? —preguntó Lucía, incrédula.
—Alguien que quiere que se lo encuentren —contestó Diego secamente—. O alguien que no teme que le rastreen. Es una pista: la audacia que se siente cómoda.
La carpeta contenía un documento encriptado y, tras las claves pertinentes (que no revelarían en esa sala), recuperaron una lista de destinatarios a los que se envió el archivo: medios, cuentas anónimas, incluso direcciones de correo internas de la empresa. Había un patrón de tiempo y destinatarios que mostraba intención deliberada: quemar reputaciones con método y ampliar el daño.
En ese momento, el teléfono de Ana vibró. Era un mensaje anónimo: una foto tomada desde una cámara oculta en la sala de juntas. La diferencia respecto a las fotos previas era brutal: en el plano cenital, se veía la carpeta **VALENTINA**, la taza corporativa y, a un costado, una pluma con un sello distintivo —esa pluma que pertenecía a la oficina de un alto ejecutivo—. Pero la sorpresa vino cuando el zoom reveló, bajo la mesa, una etiqueta pegada al costado de la carpeta: *CONFIDENTIAL — RELEASE: S.M.*.
La sala dejó de respirar unos segundos. Nadie dijo nada. La etiqueta tenía la imprenta de quien marca cosas para que alguien las encuentre; era a la vez oferta y acusación. Si alguien había marcado la carpeta con la inicial S.M., el mensaje no era sólo la firma del supuesto culpable: era una declaración en clave. ¿Quién marcaba así? ¿Y con qué propósito?
—Esto está armado para que parezca obra de Sofía —murmuró Ana con voz baja—. O bien alguien quiere llevarnos a ella para que nos distraigamos de quien mueve las cuerdas desde arriba.
Valentina, que ya había pasado por varias etapas de indignación, bajó la voz y clavó su mirada en la imagen.
—La táctica de quien incrimina es simple: pone su huella en el objeto y espera que la gente se incline por la explicación más simple. “Mira, lo hace ella, no mi jefe”. Es básico. Pero la gente suele comprar lo básico.
La frase fue un dardo directo al ego corporativo, y el silencio volvió a asentarse. En ese instante, un perito informó de otra comprobación técnica: la pluma con el sello distintivo —ese objeto físico— había sido fotografiada antes en la oficina del jefe de seguridad, pero la fotografía había sido tomada por una cámara cuya hora mostraba una manipulación. Era casi tan raro como encontrar una carta firmada con tu nombre en un buzón que nadie abre: demasiado evidente.
—Alguien está haciendo un trabajo de distracción muy sofisticado —dijo Rojas—. No descartemos el doble montaje: una señal para que miremos a Sofía y otra, más fina, para que nadie mire al verdadero autor.
La sala volvió a dividirse: los que creían en la trampa evidente y los que sospechaban de un artífice superior. Alejandro se sentía como si alguien le hubiera dejado un mapa con una gran X roja; la incomodidad le atravesaba como un escalpelo. Llamó a su jefa de limpieza, a quien le gustaba ostentar memoria de oficina: “¿Alguien vio a alguien mover carpetas la semana pasada?”. La respuesta fue un desconcertante “sí, alguien con guantes, muy rápido, pero creíamos que era un técnico”.
—¿Un técnico? —repitió Alejandro—. Tenemos una lista de técnicos autorizados. Quiero nombres y huellas.
El tiempo se volvía enemigo: cada minuto que pasaba, la manipulación tenía tiempo para alargar su estela y las noticias se alimentaban de silencio. Ana decidió entonces una medida arriesgada: citar públicamente a todos los involucrados y anunciar que se publicaría la pericia integral en cuanto estuviera lista. Forzar la transparencia podía cortar rumores o acelerar reacciones. Era jugada de riesgo, pero les daba control del relato.
Antes de cerrar la sala, Héctor pidió un minuto más. Había estado revisando la carpeta oculta de Sofía y encontró un archivo de audio con una conversación recortada. No eran palabras completas, solo frases: “sube a las 19:40”, “usa el preset”, “confirma S.M. en el release”. Pero al final del archivo, con una frecuencia apenas audible, se escuchó una risa que Héctor reconoció al instante: era la risa cortada que la secretaria ejecutiva —la mujer que repartía agendas en la sala de juntas— tenía como tic nervioso.
—No puedo asegurar que sea ella por pura voz —dijo Héctor—, pero la frecuencia de esa risa empata con otras grabaciones internas. Es un indicio, no una prueba.
La tensión ya no cabía en la sala: eran sospechas que pinchaban como agujas. Si la secretaria formaba parte del juego, implicaba que el círculo era más cercano de lo imaginado. Sofía, por su parte, lloró apenas al saber que su pulsera S.M. era ahora una especie de linterna que la apuntaba. Dijo que la pulsera era personal desde la universidad; que había trabajado legalmente con contratos; que su consciencia estaba clara. Nadie la juzgó, pero todos tomaron nota.
En medio de todo, Valentina se acercó a Alejandro y le dijo con la calma de quien ya no cree en sorpresas y sí en planes:
—Si esto es un ajuste de cuentas, que no usen mi nombre como carnada. Y si es una limpieza interna, que la hagan con guantes limpios.
Alejandro la miró con gratitud y agotamiento. No sabía aún en quién confiar plenamente, pero sí sabía que la telaraña que habían desatado tenía muchas manos. Y entre esas manos, había una que parecía querer que cualquiera la viera: la S.M.
cuando los peritos terminaron el primer volcado de la carpeta oculta, descubrieron un archivo encriptado dentro del archivo: un documento cifrado con contraseña cuya etiqueta decía solamente *“NO ABRIR — SOLO S.M.”*. Héctor la abrió con cuidado forense y leyó en voz baja la primera línea del documento: *“Si tiran demasiado del hilo, sabrán quién guardó los hilos.”* Luego, justo debajo, una segunda línea que heló al grupo: *“Pista: mira el calendario de reservas de la sala de juntas — 03:12.”* La pantalla quedó fría. Nadie habló. Afuera, la ciudad siguió encendiendo luces. Dentro, el equipo entendió que la sospecha ya no era un juego de nombres: era una cuenta atrás.