Capítulo 7 — Rastreando los emails que huelen a café frío

1902 Words
Diego tenía la costumbre de sobrevivir a las noches con dos cosas: café n***o y la convicción de que las cabeceras de correo hablaban más que muchas parejas en crisis. Aquella madrugada, su despacho olía a electricidad y a cables enredados; la pantalla proyectaba una cadena de texto que para cualquiera era jeroglífico y para él era un mapa del tesoro mal traducido. —Las cabeceras no mienten —murmuró, como si recitara una consigna—. Mienten los que las firman. En la pantalla se veía la ruta del correo que había presentado como prueba la fiscalía: desde un relay externo, pasando por un servidor puente, hasta la cuenta interna que supuestamente había firmado el documento. Diego empezó a deshilachar esa tela de araña. Cliqueó. Miró. Comparó sellos. Cada salto en la ruta dejaba una huella: IPs, relays, time-stamps. Y como siempre, donde la gente veía números, Diego veía gente con motivos. Primera sorpresa: el correo no había salido del despacho de quien lo firmó; había pasado por un VPS (servidor virtual privado) cuyos datos de facturación apuntaban a una empresa que, casualmente, figuraba en las facturas del socio incómodo: Alvarado & Asociados. Eso ya era más que coincidencia; era una invitación a una fiesta con lista de invitados dudosa. —Perfecto —dijo Diego en voz alta, como quien abre una cerveza—. Tenemos a Alvarado de invitado sorpresa. ¿Quién trajo el postre? Miró más profundo. El VPS había sido pagado por un número de tarjeta corporativa, pero la factura mostraba un alias: “Servicios puente”. Diego sonrió con la crueldad de quien encuentra el chiste al final del pasillo. No porque la broma fuera graciosa, sino porque el chiste tenía destinatario y factura. En ese momento su teléfono vibró. Era Alejandro. —¿Qué tienes? —preguntó Alejandro, sin el disfraz de los super directivos; sonaba genuinamente preocupado. —Algo gordo —contestó Diego—. El VPS está pagado con una tarjeta asociada a VARGASCORP. Mira la factura; hay un cargo por “proveedor externo” a las 18:28 del día que nos interesa. Silencio en la línea. Un silencio que pesa más que las habituales reuniones de fin de año. —¿Estás seguro? —dijo Alejandro por fin—. Revisa doble. No quiero acusar sin evidencia. —Por eso lo hago ahora —respondió Diego—. Y si te sirve de consuelo, también me encantaría acusar a alguien con nombre y no con abreviaturas. Alejandro no contestó de inmediato. Colgó, o eso creyó Diego. Luego, sin embargo, vino otra llamada corta: su jefe de planta, Santiago, que decía con voz de quien confiesa que no cerró bien un contrato: “Me acaban de preguntar por una terminal. No salí del edificio ese día.” La verosimilitud de las cosas se estaba rompiendo como un vaso fino. Diego siguió investigando. Aquel VPS tenía registros que mostraban conexiones entrantes desde una IP que correspondía a una cabina de internet de la ciudad, un lugar humilde y curioso: “Ciber Café El Buen Pixel”. El mismo lugar figuraba en una factura de servicios que, semanas antes, había sido pagada por Alvarado & Asociados. La madeja olía cada vez menos a casualidad. —¿Sabes lo que significa esto? —dijo Diego en la sala de control, hablando solo como si tuviera audiencia—. Significa que alguien pidió prestada la tarjeta, montó un teatrillo y después tiró la máscara en el fondo del cajón de los olvidos. Afuera, Valentina seguía afilando su ironía en la celda. Si los rumores fueran píxeles, ella ya habría hecho una serie de GIFs con su mejor cara. Lucía, que por ahora era su enlace a la vida civil, había pasado la noche con Ana y Rosa, cruzando nombres como quien ordena tapas para una reunión clave. —Si el cargo es de la compañía, hay dos opciones —murmuró Lucía—: o alguien en la empresa pagó el VPS voluntariamente o alguien falsificó los datos de facturación. Valentina respondió con esa mezcla de humor y filo que le funcionaba cuando la injusticia se presentaba con etiqueta. —Si la honestidad fuera bonificación, algunos por aquí tendrían que trabajar extra horas para pagar la suya —dijo—. Y si la dignidad tuviera un termómetro, habría que revisarla en varios departamentos. Lucía le lanzó una mirada que decía: ahora no es tiempo de frases sino de pruebas. Diego cruzó la información con las cámaras de seguridad. La cámara 3, la misma que había mostrado la mano con el anillo, tenía una nueva pista: un file log que indicaba que, justo antes de que alguien depositara los papeles, la cámara había sido accedida remotamente por alguien con credenciales de admin. El acceso, por la hora, coincidía con el cargo al VPS. Era un baile coreografiado. —Alguien abrió la cámara, voló el archivo, subió una copia al VPS y desde ahí envió el correo que fue usado como evidencia —resumió Diego, como si lo dijera en un programa de true crime—. Y para rematar, pagó el servicio con la tarjeta de la empresa. La sala donde Diego trabajaba parecía un tablero de ajedrez con los alfiles tirados por el suelo. Tocar una pieza podía significar prender la alarma en varios frentes. Su opción preferida era discreción: rastrear sin anunciar que rastrea. Al día siguiente, Diego organizó una sesión de “auditoría amable” con los equipos de soporte. Pidió ver logs, backups y accedió a la terminal del piso ejecutivo. Buscó el MAC address, los inicios de sesión, los horarios. Encontró una cosa curiosa: a las 18:36, el terminal registró actividad iniciada por la sesión “SECURITY-OPS”. La misma sesión fue la que, minutos después, envió una orden al servidor interno para empaquetar el video y copiarlo. —SECURITY-OPS es un tag genérico —explicó Diego—, pero quien inició la sesión lo hizo desde la terminal que usa el jefe de planta. El patrón deja huellas. Lo que no esperaba es que la huella apuntase a alguien con moral flexible. En la torre de cristal, Alejandro miraba esas evidencias como quien lee la letra pequeña de un contrato que le han colado por error. No quería creer en un saboteador dentro de su perímetro, pero las pruebas eran ahí, frías y digitales. Se sentía como ese tipo que descubre que el lápiz que hay sobre su escritorio tiene la tinta falsa: un detalle ridículo que descompone la confianza. —Diego —dijo por teléfono—. ¿puede alguien modificar la factura para poner la tarjeta de la empresa si no fue usada? —Técnicamente sí —respondió Diego—. Hay maneras de falsificar la metadata de facturación. Pero hay otra cosa: la transacción pasó por la pasarela y hay un ID de transacción con sello bancario. Ese sello no miente fácil. Alejandro salió a la terraza de su piso para mirar la ciudad. A lo lejos, las luces le parecieron como ojos que juzgan y no olían a café. Pensó en Santiago. Pensó en el anillo del video. Pensó en su familia de empresa y en sus enemigos. No sabía si estaba en la trampa o si la trampa usaba su nombre como perfume para que oliera menos. Mientras tanto, en la prisión, Valentina habló por teléfono con Ana. Tenían la ecografía sellada, tenían el archivo original y ahora sabían que alguien había intentado envenenar el río con una tubería llena de mentiras. Ana recomendó cautela. —Vamos a presentar todo a Rojas, pero con la pericia lista —dijo Ana—. No queremos que la fiscalía parezca un espectáculo; queremos que parezcan investigadores serios que encontraron un charco de verdad. —¿Y si el charco es más grande? —preguntó Valentina—. ¿Y si es un pantano con jacarés financieros? —Entonces sacamos a los jacarés uno a uno —replicó Ana—. Con cuidado, con pruebas y con testigos. Y si alguno no quiere hablar, tenemos a Rosa. La mención de Rosa fue como un golpe de luz. Nadie subestimaría a la que había pasado por trapeador y testimonio. Valentina sonrió. Había algo emocionante en ver cómo la gente "pequeña" movía montañas con una determinación humilde. Diego seguía pegado a la pantalla. Le gustaban las obsesiones que terminaban con una tecla final. Esa noche, al rastrear el ID de transacción, encontró algo que lo dejó sin palabras por un segundo: la transacción del VPS había sido pagada con la tarjeta corporativa que, oficialmente, estaba guardada en la caja fuerte del departamento de contabilidad… pero el recibo mostraba la última mitad del número de la tarjeta que coincidía con la de Alejandro. —No es posible —dijo en voz alta—. O es una coincidencia matemática o alguien está usando tu plástico como si fuera un filtro. Llamó a Ana y le pidió que entrara en modo "no mover nada". Si la información era correcta, estaban mirando a una persona que había convertido la tarjeta de la compañía en una herramienta militar para sus mentiras. Alejandro recibió la noticia como quien se quita un zapato apretado y descubre que tiene una piedra dentro. —¿Y si alguien te puso a tí en la factura para que fueras el chivo expiatorio? —preguntó Ana—. Es una jugada clásica. —Claro, y mientras tanto, nosotros bailamos en el escenario que otros han montado —replicó Valentina—. Me encanta el teatro, pero prefiero cobrar por la entrada. La frase hizo que Lucía sonriera; el humor otra vez como estrategia. Pero por debajo de la risa había una corriente fría: si la tarjeta aparecía en la factura, alguien había conseguido acceso físico o había manipulado registros bancarios de forma sofisticada. No era un truco ordinario. Entonces, cuando Diego iba a cerrar su sesión, la pantalla mostró una alerta: actividad en tiempo real desde el VPS. Alguien estaba usando el servidor ahora mismo. El log mostraba transferencias de archivos, conexiones salientes y una dirección IP que daba saltos por varios nodos. Era el ruido de una operación en marcha. Diego soltó el café. El sonido de la taza contra la mesa fue un trino seco. Miró su teléfono y vio la llamada perdida de Alejandro, y tres mensajes: “Vente”, “Ahora” y “No lo cuentes por mensaje”. Diego respiró. Todo se movía demasiado rápido. —Si alguien cree que puede usar la infraestructura de mi empresa para hacer teatro y salir ileso —dijo Valentina por teléfono, como si estuviera escuchando—, merece un aplauso por creatividad… y una multa por atrevido. Lucía, Ana y Valentina se miraron; la mañana siguiente prometía ser larga. Diego pulsó para abrir el panel del VPS en vivo. La ventana cargó y una carpeta llamada “EVIDENCIA_ORIGINAL” empezó a descargarse. En el momento en que la barra de progreso llegó al 7%, apareció en la pantalla un archivo recién creado: **NOTA.TXT**. Diego lo abrió. Solo contenía cuatro palabras. Cuatro palabras que aparecieron en la pantalla de Alejandro al mismo tiempo: *“APÁGALO O HABRÁ FUEGO.”* La alerta sonó en su teléfono: número privado. Alejandro se quedó helado frente al mensaje. ¿Quién controlaba ahora la evidencia y con qué fin?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD