Capítulo 13 — El error público de Alejandro

1886 Words
El auditorio corporativo estaba preparado como para una boda: luces suaves, sillas alineadas y un estrado con el logo de la empresa tan pulcro que podría usarlo de espejo. Los asistentes ocupaban sus asientos con la seriedad de quien va a ver un documental sobre impuestos: atención, pero con el interés medido. Alejandro salió al podio con la compostura del hombre que cree tener un plan. Tenía en la mano una hoja con puntos, una expresión de mando y la intención de cerrar el capítulo que, para él, ya estaba escrito. Lo que no sabía Alejandro era que la vida real no viene con teleprompter. Y que, a veces, las mejores decisiones se parecen más a un meme que a una estrategia. —Buenas tardes —comenzó él, con voz controlada—. Queremos comunicar que, tras una investigación preliminar interna, hemos detectado irregularidades vinculadas a operaciones que involucran a la señora Valentina Cruz. Hemos procedido… —hizo una pausa, buscó la frase en la hoja— …a iniciar las acciones legales pertinentes y a solicitar la colaboración de las autoridades. Las cámaras hicieron tilín. Los micrófonos aceptaron la noticia con gusto. En internet, unos cuantos dedos empezaron a teclear como si el mundo dependiera de la literalidad del enter. Frente a las primeras reacciones, Alejandro quiso sonar firme, contundente, casi paternal. Tenía la intención de cerrar un capítulo; abrió un caso. En la sala, alguien soltó un murmullo: “¿En serio?”. Lucía, sentada entre las personas que habían venido con discreción, sintió que la sangre se le subía al rostro. Valentina, por sus propios motivos, no estaba allí —estaba en otra sala dando una declaración previa bajo asesoría legal—, pero la noticia llegó hasta ella como llega la lluvia: lo suficientemente mojada. —¿Así que hoy juegan a señalar? —murmuró Valentina cuando se lo contaron—. Si queréis acusar, que al menos pongan luces menos dramáticas; esa iluminación favorece a los que hacen teatro barato. La frase se clavó en la sala de prensa como una aguja que no se desinfecta: graciosa, certera, y con la puntería necesaria para doler. Volvamos al estrado. Alejandro, ya con unas cuantas preguntas de la prensa, se sintió impulsado a dar más detalles. Quiso ser transparente. Quiso mostrar que su empresa no toleraba irregularidades. Quiso, sobre todo, hacer lo correcto en lo que creía que era lo correcto. —Tenemos pruebas documentales y digitales —dijo—. Transferencias, registros y análisis preliminares. No podemos tolerar la malversación. Todo el mundo asintió excepto los que ya conocían la manipulación del tablero. Para muchos en la sala, la palabra “pruebas” resonó con autoridad. Pero las pruebas mal interpretadas son como mapas con leyendas cambiadas: te llevan por el camino equivocado. En cuestión de minutos, los zócalos digitales explotaron. Titulares se escribieron con el pulso del sensacionalismo: *“CEO acusa a ejecutiva de desvío”*, *“Caída en la cúpula: ¿Traición interna?”* y el preferido de los trolls: *“¿La elegante Valentina, ladrona?”*. Por supuesto, en la era del eco, las marionetas no preguntan quién mueve los hilos; repiten la palabra que suena más fuerte. Y Alejandro, con la intención de ser firme, había encendido la mecha. En la sala donde Valentina esperaba la comunicación oficial de su defensa, el ambiente palpitaba. Ana y Lucía trabajaban con la calma de quienes han rehecho la escena mil veces. Cuando la noticia de la intervención pública llegó, Ana frunció el ceño. —Se ha precipitado —dijo—. No sólo eso: se ha expuesto. Tenemos que reaccionar con método: desmentido formal, petición de rectificación y, si procede, medidas por difamación. Lucía, con la velocidad de quien prepara logística para un huracán doméstico, ya tenía llamadas en marcha. Se comunicó con el departamento de prensa de la empresa y con gente del equipo legal. La cosa podía volverse costosa: reputaciones, acciones, rumores y, en medio de todo, una persona real que había sido retratada como culpable. —Lo peor —murmuró Valentina—— no es que me acusen. Lo peor es que algunos aplauden porque eso les permite no mirar sus propios cajones desordenados. La frase fue como un látigo elegante: dolió y dejó marca. Al final de la rueda de prensa, Alejandro fue abordado por un reportero que le mostró un dato inquietante: había una entrada en el log que conectaba la cuenta que se usó para firmar cierta transferencia con una IP que, curiosamente, había sido accedida desde una consola del piso ejecutivo… pero con una marca de derrape: la hora de la firma no coincidía con los registros de actividad terminales. Era una grieta digital, una que podía agrandar la sospecha y voltear el guion. Alejandro sintió, por primera vez en días, un verdadero mareo. Le dijeron “seguridad”, “procedimiento”, “cautela”. Al regresar a su despacho, el silencio le pareció más agudo que cualquier titular. Releyó las notas que había mostrado al público y la sensación de haber hablado demasiado comenzó a terreno: ahora cada palabra era una piedra que otros podrían lanzar. —No puedo retractarme en público sin parecer débil —murmuró por teléfono con Diego—. Pero no puedo quedarme callado si hay dudas en los logs. Diego, con su eterna calma de técnico que ve patrones donde otros ven caos, respondió claro. —Hay un desajuste en las cabeceras —dijo—. Alguien ha jugado con los sellos. No es concluyente todavía, pero sí es suficiente para decir que la versión que presentaste ante la prensa está incompleta. Y ahí, en ese punto, la culpa comenzó su trabajo silencioso: una semilla que crece en las tripas. Mientras Alejandro trataba de recomponer su discurso, la otra parte de la historia se movía con puntería. Sergio Alvarado sonreía en algún despacho oscuro con la sutileza de quien ha puesto el tablero en la dirección correcta. Para él, el tropiezo público de Alejandro era la confirmación de que la operación funcionaba como un reloj con agujas dobles: señalabas a uno, otros aplaudían, y al responsable real se le dejaba el campo libre para maniobrar. De vuelta con Valentina: la filtración de la rueda de prensa tuvo un efecto secundario esperable pero perverso. Más preguntas que respuestas comenzaron a circular: *¿Por qué Alejandro hace la acusación de esa forma?* *¿Cuál era su fuente?* *¿Está actuando por deudas personales?*. En privado, Alejandro recibió un correo que le partió la calma: una captura de pantalla de un monitor con un log señalando que a la hora del supuesto cargo la máquina etiquetada con el terminal ejecutivo había iniciado sesión… pero por menos de un minuto. Alguien había iniciado sesión, ejecutado un script y vuelto a cerrar. Era casi artístico en su eficacia: dejaron la huella que quería la prensa y escondieron la mano que la dejó. Esa tarde, Alejandro se reunió con Santiago. Las caras se acercaron y las palabras se hicieron medidas como monedas de plata. Santiago negó cualquier manipulación deliberada. Alegó que su tarjeta había sido usada para tareas administrativas y que él había delegado. Alejandro, herido por la posibilidad de traición, apretó la mandíbula. —Si esto es una suplantación —dijo Alejandro—, necesitamos evidencias. Si no lo es, tendremos que actuar con contundencia. Santiago, con la honestidad de quien teme por su empleo y por su honor, se ofreció a someterse a auditoría. Pero la duda ya había entrado en casa, y las dudas queman más que la verdad cuando permanecen en silencio. En el bando de Valentina, la estrategia fue más sutil: no caer en provocaciones, pero marcar el terreno. Un comunicado medido, una petición de rectificación y solicitud formal de acceso a la investigación. Ana, con voz fría y concreta, fue hacia adelante. —Vamos a pedir que toda la información que ha utilizado la empresa para emitir esa acusación sea presentada en la fiscalía —dijo—. Si hay algo que probar, que se haga con transparencia. La petición puso en marcha ruedas y tornillos: comparecencias, apuntes legales y una presión formal que no puede ser ignorada. Mientras tanto, la prensa se alimentaba del error. Memes, análisis, “expertos” y jueces de sillón. La bola ya no pertenecía a Alejandro y, por raro que parezca, tampoco pertenecía del todo a Sergio. Estaba en manos de un público que devora tanto la culpa como el escándalo. Valentina, por su parte, no dejó de reír, pero con esa risa un poco más cortada. Sabía que la calma no es gratis y que los juicios reales se ganan con pruebas, no con buenos discursos. Por eso pidió algo que él no había pedido: que la empresa presentara las pruebas ante autoridad competente. Si Alejandro realmente confiaba en su acusación, que la mostrara con la transparencia que no había tenido al hablar ante micrófonos. El punto crítico llegó al anochecer, cuando Alejandro revisó un último correo que le envió Diego: un clip de video recuperado de un servidor intermedio. En el clip se veía a alguien con una chaqueta similar a las que usan ciertos empleados, accediendo a una terminal y ejecutando comandos. La toma era corta, la calidad modesta, pero lo suficiente para poner en duda su propia narrativa. Alejandro miró la pantalla. No quiso creer lo que veía. No por orgullo, sino porque la idea de que su pulso mediático había adelantado la investigación le hacía sentir que, de alguna manera, había sido manipulado para presionar. —Me precipité —dijo al aire, sin saber que lo decía para sí mismo—. Y cuando te precipitas, la caída duele más que el tropiezo. Esas palabras, confesadas en la penumbra de su despacho, eran semilla de algo. No de redención inmediata, pero sí de inquietud. Tenía que decidir: seguir sosteniendo la acusación por orgullo, o frenar y cooperar con la investigación, aunque eso supusiera admitir que su decisión había sido, en el mejor de los casos, prematura. Mientras Alejandro vacilaba, en la oscuridad alguien sonrió. Se encendió un mensaje en su bandeja: un archivo adjunto con una breve nota. Cuatro palabras. Claras. Frías. *“Mira bien tu casa.”* Y debajo, una imagen: la captura congelada de la cámara 3 donde, al fondo, entre sombras, se distinguía una figura con una insignia que, por el brillo o por la intención, parecía pertenecer a alguien que trabajaba en su propia empresa. Alejandro dejó caer la cabeza sobre la mesa. La culpa ya no era solo un estado emocional; era un expediente que pedía revisión. Y, mientras tanto, alguien más movía las piezas con la tranquilidad de quien ha lanzado la jugada definitiva. En la pantalla del ordenador, justo cuando Alejandro intentó reproducir la imagen ampliada, el archivo saltó y mostró un nuevo cuadro: una mano pasaba una tarjeta por un lector junto a la consola del piso ejecutivo—la misma tarjeta cuyo número parcial figuraba en la factura del VPS—. Sobreimpresionado en rojo, apareció un nombre: **S.M.** Alejandro apretó los dientes. Esa inicial ya había aparecido antes. ¿Era una firma de inocencia o la huella de una traición demasiado cerca?
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