Capítulo 6 — Titulares venenosos

1668 Words
La mañana amaneció con la velocidad de un rumor en redes: primero fue un murmullo, luego una ola, y en menos de una hora la ciudad tenía opinión como si hubiera pasado por un filtro premium. Valentina se despertó en la celda con la sensación de estar dentro de una partida de ajedrez donde alguien había movido todas sus piezas sin preguntar. Abrió los ojos y, antes de cualquier reflexión profunda, pensó en café. Porque la verdad con sueño duele menos después de una taza. Lucía apareció cargada con una carpeta que olía a tinta y determinación. Tenía la cara de quien ha pasado la noche rastreando nombres y, al llegar, dejó el fajo de hojas sobre la mesa como una oferta comercial. —Camila lanzó un artículo a medianoche —dijo—. Titular: *"Nuevas transferencias apuntan a responsabilidad directa de Valentina Cruz"*. Lo acompañó con un vídeo editado y una infografía que parece hecha por alguien con diploma en drama. Valentina arqueó una ceja y, por costumbre, afiló la lengua primero y pensó después. —Qué bonito —respondió—. Si me van a escribir la biografía, que al menos me paguen por la adaptación. Y si van a inventar cuentas, ojalá me incluyeran comisiones de guion. Lucía no pudo contener una sonrisa. Esa era la gracia de Valentina: cuando el mundo la encasillaba, ella devolvía la carcajada como escudo. Pero la carcajada no pagaba abogados, y la realidad volvía con su factura. —La infografía muestra transferencias hacia una cuenta puente —continuó Lucía—. Camila asegura que son movimientos ocultos entre empresas satélite. Y la gente lo está comprando sin pensar. —La gente compra noticias como se compra pan: si tiene buena pinta y está caliente, lo quieren —replicó Valentina—. Lo malo es que ahora están haciendo tostadas con mi nombre. Esa línea provocó una risa involuntaria en Ana, que había llegado con otro montón de papeles. Ana era fría como una fotocopiadora profesional, pero con mejores recursos legales. Se sentó, abrió su maletín y desplegó estrategias como quien expone un menú degustación. —Primero, no debatiremos en redes —ordenó—. Segundo, reproduciremos la cadena de custodia de la ecografía y el video original. Tercero, Diego necesita presentarse mañana con su informe pericial. Y cuarto, procuraremos que el inspector Rojas haga una declaración prudente que baje la tensión mediática. —¿Y Camila? —preguntó Valentina—. ¿La abrazamos, le damos palmaditas en la espalda o le proponemos un intercambio gastronómico: mis verdades por su conciencia? —Ninguna de las tres —dijo Ana—. Camila vive de titulares. Le das sangre y pide un festín. Si nos mojamos, nos quemamos. Controlaremos el mensaje y escogeremos los momentos de aparición pública. Valentina miró a su amiga y soltó otra de esas frases que escupen verdades con humor. —Los periodistas raramente buscan la verdad; la verdad no tiene buen ritmo para la pauta. Ellos prefieren lo que hace clic, no lo que hace justicia. Ana sonrió sin conceder nada. Sabía que las redes podían ser un campo minado: opiniones, trolls, páginas de chismes listos para convertir cualquier vacío en una teja. El problema real no era la noticia en sí, sino la forma en que la gente podía creerla sin preguntar. Mientras tanto, en la torre de cristal, Alejandro vivía episodios de reuniones que le sabían a jaula. Los socios llamaban para preguntar, los accionistas enviaban correos con la cortesía de la amenaza y su inbox era un paisaje de expectativas cruzadas. Había quien, por seguridad, le pedía tomar medidas drásticas; había quien aconsejaba prudencia. Él quería ambas cosas y ninguna. Diego entró en su despacho como quien trae un informe que pesa más que la cafetera del piso. —La pericia preliminar está lista —dijo—. Hay patrones de transferencias a cuentas puente, sí, pero la ruta pasa por más de un relay y algunos servidores son proveedores externos. No es limpio, pero no es directo. —¿Y la cuenta puente? —preguntó Alejandro, sosteniendo la taza con la mano como si fuera un ancla. —La cuenta puente está registrada a nombre de una firma que subcontrata servicios. Tiene relación con Alvarado & Asociados en facturas. No es casualidad —respondió Diego—. Y además, encontramos otra anomalía: alguien filtró la ecografía a un periodista. La revelación cayó como un hielo. Alejandro no supo si enfurecer por la filtración o por el hecho de que alguien dentro de su empresa usara información confidencial con la ligereza de quien comparte memes. —¿Quién filtró la ecografía? —preguntó, la voz dura. —No lo sabemos aún —dijo Diego—. Hay trazas de que el archivo fue copiado de manera segura, pero luego alguien lo exportó. La copia que circula en redes tiene marcas de edición menores, y eso la hace más sospechosa... pero también efectiva. En la cocina de la prisión, Valentina recibió la visita de una funcionaria sociable que traía folletos para un taller de habilidades personales. La usuaria, con la buena intención de quien cree ayudar, le dejó un mensaje indirecto: —La gente espera una explicación humana —dijo la funcionaria con voz bien estudiada—. No todos están listos para argumentos técnicos. Valentina la miró y contestó con su habitual mezcla de ternura y filo. —La gente espera mucho y lee poco —replicó—. Les damos un diálogo simple y lo repiten como si fuera receta de familia. Si les das complejidad, se confunden. Si les das titulares, comen. La funcionaria se marchó con una sonrisa seria. Valentina miró la pila de folletos y pensó que tal vez debería escribir un taller: “Cómo sobrevivir a la prensa sin perder la dignidad ni el sentido del humor”. Esa tarde, Camila no se contentó con su artículo; preparó un programa en streaming con panelistas que discutían el caso como si fuera un partido de fútbol: con gritos, loas y apuestas morales. Trajo a un “experto en finanzas” que, con voz impostada, explicó los movimientos como si fueran trucos de prestidigitación contable. El show tenía ritmo y fama; la receta perfecta para convertir sospecha en sentencia popular. La audiencia crecía. Los trolls se organizaban como fans en un concierto. Y en medio, Valentina era protagonista sin invitación. —¿Por qué ya nadie pide contexto? —se preguntó en voz alta Lucía, mientras organizaba una rueda de prensa silenciosa con Ana—. Intentan hacer justicia con el botón de repost. —Porque en este mundo, la paciencia no tiene followers —respondió Valentina. Esa frase provocó risas contenidas; era verdad con una carcajada. Por la noche, Ana citó a Valentina y a Lucía en la sala de juntas de la firma legal. La estrategia debía ser clara y quirúrgica: pruebas, peritos, testigos y control del flujo informativo. Lo que no podían prever era la astucia del enemigo: Camila había recibido, según fuentes anónimas, un sobre con documentos adicionales que supuestamente ligaban a Valentina con otro movimiento. La prensa siempre tiene mano amiga en algún rincón. —Si nos atacan con más basura, tendremos que responder con más verdad —dijo Ana—. Pero debemos cuidar que la respuesta no parezca agresiva. La agresividad regala titulares al otro lado. Valentina cerró los ojos un segundo y dejó salir una risa baja. —Si la verdad tuviera voz, no sería tan tímida. Pero no te preocupes, la haremos hablar; solo necesitamos un micrófono decente y, si es posible, sin filtros de opinión. Lucía miró el reloj. Era hora de mover piezas sin ruido. Mandó a Rosa a un lugar seguro y aseguró el USB en la carpeta de Ana. Mientras tanto, Diego preparaba la pericia para mañana. La noche, sin embargo, guardaba una broma pesada. Un mensaje anónimo llegó al teléfono corporativo de Alejandro con una captura: un extracto bancario, una transferencia curiosa y, en rojo, una etiqueta que decía *“Pagos puente — revisa concepto: 18:42”*. Alejandro sintió que su corazón volvía a la cinta de correr: esfuerzo sin descanso. Alguien, además, había dejado una nueva pista en el buzón electrónico de Ana: un correo sin firma con una línea en el asunto: *“¿Crees en las coincidencias?”* Adjunto iba un documento que mostraba la misma transferencia, pero con una rúbrica digital que parecía imposible: la firma parecía pertenecer a alguien con acceso en la empresa, pero el certificado no coincidía con los registros de firma. Ana palideció levemente. No por la firma (eso lo podían discutir con peritos), sino por la facilidad con la que jugaban a mover piezas. Alguien no solo sabía cómo tocar relojes y cámaras; también sabía dónde pinchar para que el dolor mediático fuera máximo. Valentina vio el correo y murmuró: —Si la conspiración fuera una telenovela, al menos que pusieran música decente. Esto tiene mala producción. Y luego, con la frialdad de quien apunta con la palabra: —Si alguien cree que me van a derribar con fotocopias, debería saber que yo también sé usar la fotocopiadora. Y mi modo “revelado” es bastante incisivo. La frase provocó una risa corta. Era una amenaza envuelta en chiste, pero los que la escucharon supieron que no era broma. Al final de la jornada, Alejandro se quedó solo en su despacho, mirando la ciudad que no dormía y pensando en un nombre: Santiago. No quería creer en la traición. No quería creer que uno de sus cercanos fuera capaz. Pero en su inbox apareció una nueva imagen: la cámara 3, la grabación, la hora 18:42 y una sombra que, sin culpar, señalaba. Y debajo, un mensaje: *“Mira más allá del anillo.”* La frase colgó como una campana. Alejandro tocó la pantalla con la yema del dedo y, por primera vez, la certeza se transformó en duda punzante.
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