Capítulo 18 — La caja no habla, pero grita

1411 Words
La mañana amaneció con ese tono gris que no es tristeza ni lluvia, sino advertencia. Valentina llegó al despacho con gafas de sol puestas aunque no hubiera sol; no era pose, era estrategia: cuando una ha dormido poco y pensado demasiado, esconder las ojeras es una forma básica de supervivencia civilizada. —Si hoy alguien me pide paciencia —anunció dejando el bolso—, le cobro por minuto. Lucía le lanzó una botella de agua. —Bebe. El sarcasmo deshidrata. La caja metálica seguía siendo el centro del universo. No estaba allí físicamente, pero su sombra ocupaba cada conversación. “COPIA FINAL” se había convertido en una especie de conjuro: bastaba pronunciarlo para que alguien apretara los dientes. Diego y Héctor llevaban horas rastreando rutas posibles del coche de Santiago Morales, cruzando cámaras urbanas, peajes, sensores de tráfico y esa vieja aliada llamada casualidad. —Tenemos tres posibles destinos —dijo Diego, señalando el mapa—. Un garaje privado, una nave industrial y… esto. Amplió la imagen. Un punto rojo apareció cerca de un complejo residencial. —¿Un edificio de viviendas? —preguntó Valentina—. Qué gusto tan doméstico para el caos. —No cualquier edificio —aclaró Héctor—. Seguridad privada, entradas por tarjeta, y casualmente… el abogado de Alvarado vive ahí. Silencio. Luego, una carcajada seca de Valentina. —Claro. Porque nada dice “soy inocente” como esconder secretos en casa del abogado. Creatividad cero, riesgo cien. Ana entró en la sala con paso firme y carpeta bajo el brazo. —Tenemos orden para intervenir comunicaciones y registros del entorno —anunció—. Pero ojo: sin espectáculo. Esto se hace limpio o no se hace. —Tranquila —respondió Valentina—. El espectáculo lo dejamos para los culpables cuando se les caiga la máscara. Mientras el equipo coordinaba la vigilancia discreta del edificio, Alejandro llegó. Su expresión era una mezcla peligrosa de culpa anticipada y determinación tardía. Valentina lo miró de arriba abajo, evaluándolo como quien decide si vale la pena discutir o solo pedir silencio. —Antes de que digas nada —dijo ella—, aclaremos algo: si hoy vienes a justificar a tu amigo, la puerta está ahí. Si vienes a enfrentarte a la verdad, siéntate. Alejandro se sentó. —No vengo a justificar —dijo—. Vengo a asumir que me equivoqué confiando. Y a corregirlo. Valentina asintió, satisfecha a medias. —Perfecto. Porque la confianza ciega no es virtud, es pereza emocional. Lucía tuvo que taparse la boca para no reír. Alejandro aceptó el golpe con dignidad; quizá porque sabía que lo merecía. La vigilancia comenzó al mediodía. Un coche gris, discreto hasta el aburrimiento, entró al garaje del edificio señalado. Minutos después, otro coche, n***o, demasiado limpio para ser casual, lo siguió. Diego amplió la imagen. —Es él —dijo—. Santiago. Y lleva algo en el asiento trasero. —La caja —susurró Alejandro. Valentina cruzó los brazos. —Pues mírala bien —dijo—. No todos los días uno ve cómo un error propio se materializa en metal. La espera se hizo larga. Santiago no bajó del coche enseguida. Fumó. Miró el teléfono. Esperó. El tipo de espera que no es duda, sino cálculo. Finalmente, salió con la caja bajo el brazo, como quien lleva una compra incómoda. —Va al ascensor —informó Héctor—. Piso doce. —Que nadie se mueva —ordenó Ana—. Lo queremos hablando, no huyendo. El plan era simple: interceptarlo en el pasillo, con orden judicial en mano y cero margen para dramatismos. Pero la realidad, como siempre, decidió improvisar. Antes de que el equipo pudiera subir, una notificación saltó en el sistema: **acceso remoto activado**. Diego palideció. —No… no puede ser. —¿Qué? —preguntó Valentina. —La caja —dijo Diego—. Tiene conexión. Alguien está accediendo ahora mismo. Desde fuera. —¿Desde dónde? —exigió Ana. Diego tecleó con furia. —Desde… desde aquí. Todos se giraron. La sala parecía intacta. Nadie tocaba nada. Valentina levantó lentamente su móvil, que vibraba con insistencia. Número desconocido. —¿Lo contestas o lo quemamos? —preguntó Lucía. Valentina sonrió. —Contestar es más divertido. Puso el altavoz. —Buenas tardes —dijo una voz distorsionada—. Veo que siguen persiguiendo cajas. Qué costumbre tan poco rentable. —Y veo que sigues escondiéndote detrás de filtros —respondió Valentina—. Eso explica la personalidad. Una risa breve, artificial. —La caja se abrirá en cinco minutos —continuó la voz—. No por ustedes. Por mí. Y lo que contiene no es solo una copia. Es un relato. Con nombres. Alejandro dio un paso al frente. —¿Qué quieres? —preguntó. —Quiero que dejen de mirar —respondió la voz—. Porque cuando miran, aprenden. Y cuando aprenden, molestan. Valentina intervino, tranquila. —Mira, si tu plan es asustarnos, llegas tarde. Ya vivimos el capítulo “amenazas”. Ahora estamos en “consecuencias”. —Las consecuencias —dijo la voz— son variables. Por ejemplo, Santiago cree que hoy es su gran día. La llamada se cortó. —¿Gran día para qué? —murmuró Lucía. En ese instante, el ascensor del edificio se detuvo en el piso doce… y volvió a bajar de golpe. Las cámaras mostraron a Santiago corriendo, sin la caja. —¡La dejó! —gritó Diego—. ¡La dejó en el piso! —¿Y dónde está ahora? —preguntó Ana. —Escaleras. Baja por las escaleras. Valentina cerró los ojos un segundo. —Cobarde hasta el final —dijo—. Deja la bomba y corre. El equipo se dividió. Rojas y dos agentes fueron tras Santiago. Ana subió con Valentina, Lucía y Diego al piso doce. El pasillo estaba vacío, silencioso, demasiado limpio. Al fondo, frente a la puerta del abogado, la caja metálica descansaba como un animal dormido. —No la toquen —ordenó Ana. —No pensaba hacerlo —respondió Valentina—. Las cosas peligrosas se observan antes de abrazarlas. Regla básica de vida. Diego examinó el dispositivo a distancia. —Cuenta regresiva —anunció—. Dos minutos. —¿Explosivo? —preguntó Lucía. —No —negó Diego—. Peor. Publicación automática. Envío masivo a medios y tribunales. Alejandro llegó jadeando. —¿Qué contiene? —preguntó. Valentina lo miró fijo. —La versión de alguien que quiere escribir nuestra historia por nosotros. La cuenta llegó a treinta segundos. Nadie respiraba. Valentina habló, despacio, con esa calma que precede a las tormentas grandes. —¿Sabes lo triste de esto? —dijo—. Que quien hace esto cree que controlar la narrativa es ganar. Y no entiende que la verdad siempre tiene edición extendida. Veinte segundos. —Si hoy sale algo —continuó—, lo enfrentaremos. Porque esconderse no limpia, solo aplaza. Diez segundos. La caja emitió un pitido suave. Cero. Las pantallas de los móviles vibraron al mismo tiempo. Diego abrió el primer enlace… y se quedó helado. —No… —susurró. —¿Qué? —preguntó Lucía. Diego giró el portátil hacia ellos. En la pantalla aparecía un titular enorme, recién publicado: **“NUEVAS PRUEBAS REVELAN QUE VALENTINA CRUZ MANIPULÓ DOCUMENTOS CLAVE — FUENTE INTERNA”** Debajo, una imagen borrosa… de Valentina, entrando a un edificio años atrás. Alejandro sintió que el suelo desaparecía. Valentina, en cambio, soltó una risa lenta, peligrosa. —Mira tú —dijo—. Cuando no pueden destruirte en presente, te inventan un pasado. Alzó la mirada, con los ojos brillando de determinación. —Pero cometieron un error —añadió—. Usaron una foto real para una mentira falsa. Y eso, querido equipo, es el equivalente criminal a escribir con faltas de ortografía. Se oyó un teléfono sonar. Era el de Valentina. Mensaje nuevo. *“Ahora te toca correr.”* Ella sonrió. —No corro —dijo—. Yo persigo. Mientras todos procesaban la falsa acusación, Diego amplió la foto publicada… y descubrió algo que nadie había notado: en el reflejo de un vidrio, detrás de Valentina, aparecía claramente la silueta de otra persona. Una mujer. Y llevaba un colgante idéntico al que siempre usaba la asistente personal de Alejandro. El pasado acababa de señalar al presente. ¿Quién estaba realmente escribiendo esta historia desde dentro?
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