Ronan
Mi lobita frota el pene contra ella, encontrándose con sus embestidas. La froto contra la pared a través de nuestra ropa como un par de cachorros adolescentes. No puedo tener suficiente de sentir su calor a través de mi chándal. Está caliente y mojada, dejando una mancha húmeda en la parte delantera de mis pantalones.
—¿Te gusta, lobita? ¿Te gusta cómo te hace sentir mi polla? ¿Lo caliente y lista que estás para mí? Tu coñito apretado me ruega, lobita.
Su agarre en mis hombros se aprieta, sus pequeñas uñas se clavan en mí. Jadea y sus ojos se ponen en blanco. Su respiración es rápida, al igual que la mía. Se pone rígida con una fuerte embestida y veo cómo un orgasmo la recorre.
Sigo frotándome, pero observo atentamente cómo la lobita se desmorona y es lo más sexy que he visto en mi vida. Cómo abre la boca y cómo se lame los labios, la cara que pone cuando está en pleno éxtasis. No hay nada igual.
Se frota con fuerza contra mí, disfrutando de su orgasmo con gemidos y quejidos agudos. Levanta la cabeza, y le limpio el pelo de la frente húmeda y se lo pongo detrás de la oreja. Es hermosa y no se cansa.
Venir aquí probablemente fue un error, pero es uno que estoy dispuesto a cometer y con el que lidiar. Las consecuencias después. Nos merecemos esta noche y solo escuchar que ella conocía a mi hermana es solo otro ejemplo de que el destino es una perra con la que tengo que lidiar… pero no ahora.
Ahora mismo, necesito sentir lo mojada que está mi pequeña loba para mí.
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—¿Pequeña loba? No pensaste que había terminado contigo todavía, ¿verdad? —digo mientras empiezo a empujarla de nuevo y sus ojos se abren de par en par—. Qué, nos merecemos la noche y me la voy a llevar toda.
Empiezo a besarla de nuevo. Suave esta vez para darle tiempo a que se recupere de su orgasmo, pero la suavidad no dura mucho antes de que volvamos a desearnos.
La levanto de nuevo contra la pared y ella aprieta sus piernas alrededor de mi cintura mientras camino de regreso a su habitación, deteniéndome ocasionalmente para levantarle el trasero con mis manos y arrastrar su entrepierna hacia abajo y frotarla sobre mi pene.
Ella gime cada vez y es el cielo.
Me encuentro esperando cada vez que diga mi nombre en lugar de un gemido.
Haría cualquier cosa por escuchar su voz.
Abro de una patada la puerta de su habitación y la acuesto en la cama. Me arrastro sobre ella y empiezo a besarla de nuevo.
—¿Está bien, lobita? Quiero que estés segura. Dime qué quieres y paramos. Puedes pellizcarme si necesitamos parar… si quieres parar.
Espero que no.
—Por favor, dime que podemos tener esto, lobita. Puede que sea egoísta… pero nos lo merecemos.
Le digo, casi suplicándole, y Liora asiente rápidamente.
La beso mientras deslizo mi mano por la parte delantera de su camisón, manoseando su pecho y luego bajando hasta el dobladillo de su camisa. Rápidamente la agarro y la subo por encima de su cabeza.
Su pecho y su piel blanca como la leche quedan completamente expuestos, con sus bonitos pezones rosados.
No creo que pueda excitarme más ni esperar más, pero estoy tratando de prolongar este momento, ya que será el último.
Tomo un pezón en mi boca mientras deslizo mis manos por su abdomen, hasta la parte superior de sus pantalones cortos de dormir.
—No puedo esperar a probarte, pequeña loba…
Apoyo mi frente contra la suya, esperando permiso… y ella me lo da.
—¿Alguien ha probado tu dulce coño antes? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—¿Es otro puño que quieres darme, pequeña loba? —pregunto, aunque casi me siento culpable. Debería guardar algo para su pareja destinada… pero ahora mismo, puede irse a la mierda.
Ella asiente.
Agarro la banda de sus pantalones cortos y se los quito lentamente por las piernas y los tobillos.
Me encuentro con un par de bragas de encaje n***o… y tomo nota mental de agradecer a las chicas que eligieron su ropa en el pueblo porque, joder, lo hicieron bien.
La miro mientras le froto la parte interna de los muslos y dejo que mis hoyuelos aparezcan, sabiendo que la hacen derretirse.
Empieza a sonrojarse… hasta el cuello… hasta la parte superior de sus pechos.
—Sabía que había otros lugares donde podía hacerte sonrojar, pequeña loba.
Agarro la parte superior de sus bragas y las rasgo por delante, arrancándolas y lanzándolas al otro lado de la habitación.
Ella me mira con los ojos muy abiertos, incrédula.
—No te preocupes, te conseguiré más.
No aparto la vista de su hermosa vulva rosada.
Le tomo las manos que descansaban sobre su abdomen y me hundo entre sus rodillas, colocándolas sobre mi cabeza.
Dejo que pase sus dedos por mi cabello corto y oscuro.
—No tengas miedo de guiarme, pequeña loba.
Le digo…
Y bajo la mirada.
Listo para darme el festín.