Decir que la carta que le dejé a la pequeña loba fue una excusa… es quedarse absurdamente corto. La verdad es mucho más cruda. Habría abandonado cualquier deber de alfa sin dudarlo para quedarme a su lado. Todo el día. Toda la noche. Sintiendo su piel pegada a la mía, respirando en el mismo ritmo, perdiéndome en ella como si el mundo no existiera. Dormí la mejor noche de mi vida… y aquí estoy, en mi despacho, a punto de entregarla a otro cambiaformas. La ironía tiene un sentido del humor brutal. Mis dedos se clavan en el borde del escritorio. La madera cede, se astilla bajo mi agarre. No lo suelto. No puedo. Porque si lo hago… voy a romper algo más que un maldito mueble. Dentro de mí, Barack ruge. No es un sonido. Es una presión. Un instinto primitivo, salvaje, empujándome a hacer

