—Puedes quedarte aquí todo lo que quieras —le dije, abriendo la puerta del departamento que tenía en desuso—. Es pequeño, no es lujoso a cómo estás acostumbrada, pero al menos tendrás donde dormir. Sostuve la puerta abierta, para que entrara cargando sus dos grandes bolsos. Quizás era un desgraciado, pero no le ayudé a cargarlos. Me sorprendía como de pronto todo el amor que llegué a sentir por esa chica, se había convertido en rechazo. —Claro que lo recuerdo —dijo, volviéndose hacia mí—. Aquí pasamos muy buenos momentos. Hice una mueca mientras ella pasaba una uña por mi pecho. Tomé su mano y la alejé, sosteniéndola por un instante para que fuese capaz de entenderme. —No tienes ningún derecho a hacer algo como eso, no me hagas arrepentirme del estar ayudándote. Caminé hacia la puer

