Escondí las manos dentro de los bolsillos de mi pantalón, y me alejé del establecimiento a paso rápido. Hasta que su voz chillona volvió a detenerme. —Me diste quince minutos y aún no he utilizado ni cinco. Me detuve y cerré los ojos. ¿Cómo nunca me di cuenta de la voz chillona que tiene? Definitivamente el amor muchas veces nos cegaba… bueno, aunque en este caso, el amor me había quitado el oído. —¿Qué es lo que quieres, Megan? —le pregunté, girándome hacia ella-. Ahora tengo novia, y no va a gustarle nada darse cuenta que me estás fastidiando. Arqueó una ceja y soltó una risa sarcástica. —¿Tienes novia? Asentí, con una sonrisa pintada en mi rostro. —Y estoy muy enamorado. —¿Puedo saber quién es? Miré el reloj. —Tu tiempo sigue corriendo. —¿Entonces es imaginaria? —se burló.

