Capítulo 5. Baile 2

429 Words
Estaba desnuda. Aunque hermosa. Pero desnuda. Ximena le había pedido un trago y la había obligado a tomar, para que se relajara. Pero estaba tensa como una cuerda de un violín recién afinado. La joven mujer la tomó del hombro. — Va a estar todo bien...— dijo intentando consolarla. — Está bien, suficiente — dijo Marcus entrando. Ella se paró y enderezó los hombros. Él la observó de arriba a abajo. — Estás perfecta — le dijo y parecía un poco asombrado. — Solo terminemos de una vez por todas con esto — demandó ella. Marcus inclinó la cabeza y la guió mientras la escoltaba hacia uno de los cubículos privados. Por dentro ella quería morirse. Finalmente llegaron y él la dejó allí. El hombre rubio la estaba esperando sentado con los brazos abiertos, muy relajado. Él se levantó y acercó. Tocó uno de sus rizos marcados con suavidad. Miró sus pechos redondos perfectos. Eran del tamaño adecuado, su pequeño culo también, se giró alrededor de ella para mirarla completa y su garganta se secó mientras su pene se paraba. — Ya me tienes aquí, ¿feliz? — dijo ella con sarcasmo. — Oh no...no todavía...— dijo él y ella se estremeció —. Ven — dijo y tomó la pequeña mano. Se sentó en el pequeño sillón y ella quedó parada —. Baila para mi ahora... Ella no sabía realmente que hacer, solo improvisó. Alguna vez vió a alguna que otra de las chicas hacerlo. Le dió la espalda y comenzó a mover su culo cuando sintió las manos del hombre en su cintura. Él acercó el trasero pequeño a su entrepierna y la frotó contra su dureza. — Así me encanta — murmuró él en su oído. Pasó una de sus manos por delante y bajó por su vientre hasta encontrar sus bragas, metió sus dedos bajo ella. — Qué..¿Qué haces? — preguntó ella con la respiración entrecortada. — Mmm — respondió él mientras frotaba su c******s y metía un dedo en su agujero —. Que lindo, es pequeño como toda tú...— susurró él y comenzó a masturbarla mientras se frotaba en su culo. El hombre, la estaba tocando y su cuerpo se estaba estremeciendo. Ella quería alejarse pero no podía ni quería. — Estás mojada...hermosa... Él aumentó el ritmo del movimiento de penetración de su dedo y sintió sus temblores cuando llegó al clímax. Él quitó su mano, la llevó a su cintura y siguió refregandose contra la redondez de su trasero hasta venirse en seco, com un estertor.
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