—Señorita Bennett... Soy tu amo, el único con derecho a utilizar tu cuerpo, nadie más podrá volver a tocarte sin que yo lo autorice. ¿Aún quieres esto? ¿Aún quieres que sea tu Dom? El aliento cálido del hombre en su oído, su voz baja y arrastrada, completamente caliente contra su piel, desatando con ese simple gesto un incendio forestal en su interior. La rubia se estremeció de pies a cabeza al sentir la voz ronca de su amo, su cuerpo duro y bien trabajado justo detrás de ella. Él estaba tan jodidamente cerca que su perfume impregnaba sus fosas nasales, haciéndola desear, necesitaba su tacto, sus caricias, sus azotes, su poll@. Él estaba ahí, tan cerca pero tan lejos, teniendo el control total sobre ella, sobre su cuerpo. Lejos de sentirse prisionera o sometida, se sentía excitada y libr

