Anne comenzó a sentarse de espalda en los muslos de su padre, frotando entre sus nalgas su babeante y duro tronco. Don Tomás tomó de nuevo las caderas de Anne con sus manazas y la levantó un poco. Cuando sintió tenerla encañonada, y con suavidad, empezó a penetrar con bastante facilidad su ya bien lubricado ano, lentamente, con cuidado de no lastimarla, haciéndola gemir y exigirle que no se detuviera. Don Tomás quedó inmóvil al tener a su hija completamente penetrada, sintiendo su intestino amoldarse a la perfección al contorno de su grueso y largo pene, como guante a la medida. “¡Aw, papi…si siento como me estiraste más que al metérmela!… ¡y como me llenas más ya dentro de mi…! ¡la tienes bien gorda, novio!” Tomás afianzó a Anne cruzando sus velludos brazos sobre su estómago, atrapada c

