El n***o intentó bajarle el tanga y meterle la mano por delante. ella le recordó con un carraspeo que los otros chicos estaban presentes. —Déjalos que miren —dijo él. —¡Noo! —dijo ella con una risilla tonta—. Me daría mucho corte. Él insistía. Ella miró más allá de la orilla del río, hacia un grueso árbol de haya. —Vamos tras ese árbol —propuso ella. —¿Y dejar a mis amigos solos? Noo. Anda, déjalos mirar. Los pobres llevan babeando por ti toda la tarde. Ella tiró de la mano del n***o, alejándolo un poco de los otros universitarios, muy cerca de donde estaba Nicolau Prats, y le susurró: —Miguel, ¿cómo me pides eso? Es de locos. —¿Qué tiene de malo? Has dejado que te miren semidesnuda toda la tarde, ¿y ahora te haces la estrecha? ¡No me jodas! —dijo en tono impaciente. —No es eso,

