La mañana era fría, y el aire pesaba en el pecho de Harry como una losa de recuerdos. Salir del departamento de Denisse había sido difícil, no porque no quisiera irse, sino porque dejar atrás su calor, su respiración tranquila, le hacía sentir que abandonaba un refugio. Le dejó un beso en los labios, suave, casi imperceptible, como si temiera despertarla y romper el encanto de ese momento. La puerta se cerró con un clic apenas audible, y Harry se encontró de nuevo en el mundo, solo, pero no perdido. El taxi lo esperaba afuera. Ya no tenía su auto, ni sus lujos, ni esa vida que antes parecía tan importante. Ahora todo era más sencillo, más real. El conductor lo miró por el retrovisor, pero Harry no dijo nada hasta que dio la dirección. —Al cementerio, por favor. —El trayecto fue silencioso

