Mi fracaso matrimonial, a pesar de estar aun conviviendo con mi esposa, me había sumido (desde hacía unos diez años) en un mundo vacío de todo, vacío de esperanzas, vacío de amor, vacío de pasión y había creado en mí vacíos a otros niveles. Yo podía advertir, amén de estar sumergido en aguas oscuras, que mi vida entera iba perfilándose hacia un tobogán existencial peligroso, así mismo, poco hacía — o poco en realidad podía hacer — para intentar mirar desde abajo, trepar las escaleras, brincar sobre el trampolín y lanzarme una vez más. Y lo que al principio del desarme no se puede, con el pasar del tiempo, no se quiere, y uno termina sentándose en un sillón en un jardín solitario y descubre que lo que pudo haber hecho, se fue disgregando de las manos sin notarlo, para terminar en no querer

