CAPÍTULO CINCO Keaton había recibido muchos golpes en su vida. Había estudiado jiu-jitsu brasileño, donde lo levantaban y lanzaban por el ring. Le habían pateado el pecho durante el adiestramiento de combate cuerpo a cuerpo. Incluso había recibido una bala en el chaleco antibalas. Cada golpe lo había trastornado. Cada impacto le había nublado la visión, había dispersado sus pensamientos, pero nunca demasiado. Siempre recuperaba rápidamente el equilibrio y volvía a la lucha en unos segundos, un momento como máximo. La enorme bestia que venía hacia él a toda velocidad era más grande que cualquier luchador profesional o experto en artes marciales a los que se hubiera enfrentado en el ring. Sus pezuñas destrozaban el suelo cada vez que sus pies pateaban la tierra para impulsarse más rápido

