Una semana en la universidad era lo que Sara necesitaba para adaptarse, ya que las cosas eran muy diferentes aquí que el país de donde ella venía, se tenía que adaptar a nuevas costumbres para poder entender las cosas en este país.
El único problema era las miradas asesinas que le lanzaban las chicas con las que se relacionaba Lalo y/o David cosa que no era culpa suya, esto le estaba trayendo muchos problemas para concentrarse.
Después de que en la mañana chocara con Laura, su día se había visto fuera de control, esto la estaba empezando a cansar, había veces en los que se arrepentía de haber venido a un país que no conocía.
Después de las clases se sentó en una de las bancas que se encontraban afuera del edificio de diseño y espero un momento, estaba pensando en qué momento se le ocurrió decirles a sus papás que se quería venir con ellos a un país desconocido, se le estaba haciendo más difícil de lo normal estar aquí.
Extrañaba a sus amigos, sentía que casi no tenía libertad de expresarse como lo hacía en su país, en este país no tenía amigos con los cuales pudiera conversar y con la única persona que conversaba era David, aunque a veces también intentaba evitarlo, era raro, pero no quería tener mucho que ver con ese chico.
Era cierto que era uno de los hijos de los amigos de sus padres, pero también era cierto que si lo evitaba podía dejar de tener problemas con las chicas de la universidad.
Después de estar sentada por mucho tiempo, llego una chica y se sentó en la misma banca, una chica bonita pero no lo suficiente para llamar demasiado la atención como ella, si tan solo pudiera ser una chica común como las demás, pero eso no se podía.
La chica observo que Sara la estaba viendo y la saludo.
- ¿Hola, Emma y tú? – un saludo algo incómodo.
- Sara…
SARA
Qué pena, estaba perdida en mis pensamientos mientras miraba a la chica que se sentó a mi lado, hasta que ella se me acerco y me dijo su nombre, no quería ser muy ovia, pero que más hacía, le dije mi nombre.
-Bueno, Sara ¿Qué te pasa?
- ¿Por qué lo preguntas?
- Porque es ovio que te pasa algo, sino porque una chica tan bonita estaría sentada aquí sola. – esta vez sentí que tenía a alguien con quién hablar, así que sin pensarlo le empecé a contar.
- soy nueva en el país, se me está haciendo muy difícil encajar en este nuevo mundo para mí, todo es muy diferente… y que k´encha las chicas me miran como si fuera una amenaza.
- ¿qué?... No te miran como si fueras, eras una amenaza mujer, estas bellísimas.
- pero eso me incomoda.
No sabía que pasaba por mi cabeza, pero estaba platicando mi vida a una extraña, con la cual me sentía muy bien.
***
Sara no sabía porque le estaba contando sus quejas a Emma, pero se sentía tan bien, no importaba que fuera una extraña para ella, sentía que sus problemas se hacían más chicos cada que le contaba su frustración a Emma.
Pasaron mucho tiempo sentadas en esas bancas escuchándose una a la otra, compartiendo sus problemas, hasta que llegó la hora de ir a clases, intercambiaron números telefónicos y fueron cada una a sus clases.
como decía Lola Yaha en su poema “Gente medicina” hay personas que son medicina para el alma, y se puede ver que sí, el simple hecho de encontrarse con este tipo de personas es una maravilla.
Pasaron unos días y las cosas para Sara iban mejorando, ya que tenía a Emma para charlar y aunque no eran de la misma carrera, se tomaban un tiempo para almorzar y hacer algunas cosas juntas, todo iba bien en esa amistad que salió de la nada.
Una mañana como todas, Sara y Emma salieron a almorzar al campus de la Universidad estaban tranquilas en la cafetería, esperando su turno para ser atendidas, ya que solo iban por su comida y salían a comer en las bancas.
Pero la llegada de Laura cambio todo en la cafetería.
- ¿Cómo que algo huele mal aquí, no chicas?
- hay si – contestaron las amigas de Laura.
Comentario que saco de onda a Emma, quien se puso a la defensiva en un instante.
-Pues claro que huele mal, aquí estas tu.
- ¿Tú quién eres?
- soy amiga de Sara, ¿Por qué tienes algún problema?
- Dios las hace y ellas se juntan.
- En eso tienes mucha razón – decía Emma mientras hacia una mueca con la boca, se preparaba para pasar por su almuerzo.
Después de recoger su almuerzo, las dos salieron de la cafetería y fueron a un lugar más cómodo para poder almorzar a gusto, aunque sentían que su apetito se había arruinado.