MAGNUS Julieta no parecía ser todo lo que su madre decía, pero vi en su mirada un destello de miedo, como si una parte de esas palabras la persiguiera. Sin embargo, yo conocía a Julieta: nunca mentiría sobre algo así. Recordaba perfectamente la torpeza de sus labios cuando los toqué por primera vez; era imposible que fingiera. Aun así, tuve que tragarme mis celos cuando su madre habló. Julieta no necesitaba que yo armara una escena frente a ella, y no le daría el gusto de vernos perder el control. Así que le pedí a Julieta que me dijera lo que necesitaba decir. Ella no dudó: se arrodilló frente al sillón, tomó mis manos y comenzó a hablar. —Lo que dijo mi madre tiene partes que son verdad —confesó, masajeando mis manos con una crema que estaba sobre la mesa de centro. Hizo una pausa,

