Estar bajo el mismo techo que esas chicas era como estar en una montaña rusa. Cuando parecía que el camino empezaba a ser más calmo y casi sin sobresaltos, venía una fuerte caída llena de turbulencias. Después de los polvos que le había echado a Fernanda, apenas unos minutos después de que Mimi me practicara sexo oral, había quedado exhausto. Y la charla con las chicas me hizo creer que ya había sido hora de que se acabara la joda y empezara a usar la cabeza. Era cierto que resultaba muy fácil pensar en eso ahora que ya me había sacado el gusto. SI bien me había quedado con las ganas de hacer algo con Mel, el impredecible pete de la más chica de las hermanas, y la frenética cogida con Fer, que vino incluida con el mítico uniforme de colegiala, me permitían, ahora ya saciado, darme el lujo

