—Quiero follarte —dijo don Esteban. —Hoy no —le respondí. —Vamos, gatita —suplicó—. Quiero correrme en ti. —Nunca —contesté con una sonrisa—. Hoy te conformarás con esto. El viejo hizo una mueca de cabreo. Sabía que estaba jugando un juego peligroso conmigo. Yo no era una gatita como él decía, era más bien una tigresa. Y a las bestias no se las doma con facilidad: hay que cazarlas, capturarlas y domesticarlas. El maduro vigilante bajo la intensidad. Ya no se masturbaba con tanto énfasis, tal vez esperando que yo bajara mis defensas. Pero yo, a pesar que me tocaba con bastante gusto y profundidad, continuaba reaccionando con contrariedad a sus tentativas de forzar la situación. Cuando don Esteban hacia el intento de tocarme o pasar hacia el asiento de atrás, yo abría la puerta para esc

