Obediente como siempre, el chico hace lo que le pido. No le salía la voz. Yo le miré seria y luego empecé a atar su otra zapatilla. Sólo entonces noté que mi nueva postura, con mi espalda más recta, hace que su entrepierna quede a centímetros de mi rostro. — Deberás tener mucho cuidado —repetí. Similando que la situación es muy normal. — Tendré cuidado. Se lo prometo, señora Gabriela. —Mucho cuidado —repito. —Sí, señora. Lo sé. Le miré a los ojos y en el camino doy un fugaz vistazo del pantalón corto n***o y a la forma que se adivinaba en su entrepierna. Bajo la vista y de nuevo no puedo aguantarme. Elevo la mirada, como si hubiera olvidado decirle algo importante, y mientras lo hago olfeteo el aire para sentir el olor del muchacho. —No debes descuidar tus estudios —le advierto. —No

