Me quedé un rato parado en el umbral de la puerta, mirándola con cara de estúpido, sin saber qué decir. Mimi me había dicho que me amaba. Estaba claro que no le podía decir que yo sentía lo mismo, porque no era cierto. La quería, de eso no tenía dudas. Me generaba una increíble ternura y un sentimiento de protección que hacía mucho no sentía por nadie. Un sentimiento que podría considerarse paternalista, si no fuera porque por momentos se mezclaba con una lujuria arrolladora que distorsionaba y pervertía el sentimiento original. Pero no la amaba. —Nos vemos en un rato, en el almuerzo —dijo la pequeña rubiecita, desligándome de la obligación de responderle. —Dale, nos vemos en un rato —respondí, y cerré la puerta lo más rápido que pude, como si al no hacerlo de esa manera corriera el ries

