Mientras caminaba, sin rumbo ni dirección, sintiéndome más solo de lo que nunca me había sentido, con la cabeza aun aturdida por el peso del alcohol y las imágenes que acababa de presenciar, aquellas donde Magdalena se entregaba sin mesura al hombre que acababa de conocer, no podía dejar de preguntarme “¿Y ahora qué, Nacho?”. Porque estaba claro que lo sucedido iba a marcar un antes y un después en nuestra relación, que ya nada volvería a ser igual y me iba a ser imposible ver a Magdalena de la misma forma que antes. Era pensar en ella y veía sus ojos fijos en los míos, su rostro descompuesto por el placer y a Pedro detrás de ella embistiendo con saña mientras no dejaba de insultarla para el deleite de mi esposa. ¿Cómo volver a la normalidad tras eso? ¿Cómo obviar que había ocurrido? ¿Ha

