Me sentía como una vampiresa, un monstruo que había hechizado a su víctima y ahora estaba a punto de devorarla. Sólo que yo no era un monstruo sino una sensual mujer, una hembra lasciva y voluptuosa; una mujer de magnos senos, en lencería blanca; con el culo redondo y las piernas seductoras. Y su víctima era otra mujer, casi tan sensual en su lencería carmesí y casi tan lasciva como la anterior. Estábamos las dos solas en aquel amplio y lujoso vestidor. Rodeadas de espejos, de cortinas y floreros con flores blancas y lilas; de faldas cortas, top platinados y sandalias de tacos larguísimos en los sofás; de copas y botellas de champaña. La luz caía sobre nuestros sensuales cuerpos, sobre la lencería que realzaba nuestras curvas femeninas. Nuestros pies iban adelante y luego atrás, nuestras

