Entonces, antes de que pudiera decir algo, Mimi se irguió y me tapó la boca con su dedo índice, en un claro gesto que indicaba que quería que hiciera silencio. Así lo hice. La inesperada actitud de la tierna rubiecita me instó a la obediencia. Miró hacia la puerta, con recelo. —No, no quiero hablar de eso. Pero de alguna manera quiero hacerlo —susurró, como si ella también tuviera la sospecha de que intentarían escucharnos, aunque a decir verdad, su voz siempre sonaba muy baja. —Qué querés decir —pregunté, también en un susurro. —¿Te acordás que te dije que ayer, después del pijama party, que Mel y Fer discutieron, y por eso terminamos yéndonos cada una a nuestro cuarto? —dijo. —Sí, claro —respondí. —Fer estaba empecinada en hacerte pisar el palito. Estaba furiosa con mamá. “Si se en

