—Eso es chantaje, Esteban. No juegue a eso conmigo —advertí—. Yo no soy una niña a la que usted puede asustar. Yo también se muchas cosas de usted y su familia, pero mantengámonos en términos amistosos. Abra la puerta. Por favor. La sonrisa de Esteban se borró. Y sin embargo no abrió de inmediato. ¿Qué podía hacer? Había dejado que aquel imbécil tuviera poder sobre mí. Don esteban sabía de mi pasado con las drogas y también de algunos amantes que habían pasado la noche en mi casa. Además, el propio Esteban se había aprovechado de mí, o yo le había dejado aprovecharse de mí. Ya no estaba segura que había pasado en aquellas ocasiones. —Desde ahora tendremos un santo y seña —sugirió don Esteban—. Si quiere que le abra, deberá subir su falda y mostrarme sus muslos. Me gustan sus piernas, Gab

