—¡Levantate! —escuché decir a alguien, muy a lo lejos. ¿Levantarme?, me pregunté. ¿Levantarme? Entonces era eso. Todo había sido un sueño, y ya era hora de despertarse. Eso tenía sentido. Por fin algo en ese infernal fin de semana tenía sentido. Un sueño. Solo ahí podrían suceder las cosas tan inverosímiles que sucedieron esos dos días, que, de lejos, fueron los más largos de mi vida. —¡Levantate! —escuché que me decían otra vez. Cosa rara, porque en vez de sentir que me sacudían para despertarme, me estaban golpeando el pecho con fuerza—. ¡Correte, boludo! Veía borroso, pero alcancé a notar que Mel me miraba con desesperación. Estaba encima de ella. ¿Qué hacía ahí?, me pregunté, sacudiendo la cabeza. Claro. Acabábamos de coger. Me froté los ojos. Miré hacia la puerta de entrada. Daniel

