Mateo. Unas semanas después. Llegamos al lugar donde nos llamaron desesperados, estas llamadas asi las odio, es ir a pelear con todo mundo, pero tenemos que ir porque la policía de la calle nos llamó por apoyo, y nunca sabemos con qué nos vamos a encontrar, pero me gusta porque al que se haga el loco le doy unos buenos sopapos, pero con las mujeres no, me tengo que aguantar los gritos, rara vez empujé o le di un golpe a una, de eso se encarga Alejandra y bien que lo hace. —Mierda, tremendo problema hay. —Ahi esta mi cuñado. —bajamos los cuatro que vinimos, Mauro viene a cargo y voy directo a saludar a Fernando que me queda viendo donde ando con pasa montañas y anteojos, todos andamos asi—. ¿Cómo va?. —¿Eh?, ah si, no te había conocido —nos damos la mano y señalo hacia la casa—. No sé

