MARIANA DE LA NOCHE
Capítulo 5.
—El problema es, Bárbara tiene que reconocer que tiene un problema y necesita ayuda, de lo contrario nada pueden hacer. No solo Bárbara, sino también la señora Magdalena.
—Eso lo sé, por eso necesito de tu ayuda, sé que estoy pidiendo mucho. También sé que Magdalena quiere justificar todo lo que ella hace y eso no está bien, por eso quiero tomar las riendas de esta familia, espero aún estar a tiempo.
Me froté el cuello, no sabía qué hacer, no quería tomar una mala decisión y luego arrepentirme.
—¿Usted me pide que siga con ella alimentando la ilusión de que todo es como antes? ¿No será peor eso?
—Solo necesito tiempo, unos días para que siga con el tratamiento. Tengo que hablar con un conocido de la familia que es psicólogo a ver qué me dice. Ojalá que él pueda atenderla, tal vez si se puede, quiero convencerla para irnos al extranjero y que continúe su tratamiento allá, pero primero debo hablar con el psicólogo para saber qué es lo mejor para ella en este momento y si es bueno o no sacarla de su errorn con todo lo que tiene que ver contigo. No podemos tomar decisiones a la ligera sin saber si a ella le afectará, podemos dañarla más.
—Espero no arrepentirme después. Le daré los días que me pide, estaré junto a ella, pero no con ella. Quiero dejarlo muy claro, al menos hasta que se recupere del todo. Espero que podamos aclarar esto lo más rápido posible.
—Gracias, Matías sabía que podía contar contigo.
—Le pido por favor, cuando hable con el psicólogo me deja saber.
—Yo te aviso para que estés presente y puedas aclarar tus dudas tú mismo.
Me regaló una sonrisa de boca cerrada, estrechamos nuestras manos, esperaba no equivocarme. Ricardo regresó a la habitación y yo me quedé pensando si de verdad había tomado la mejor decisión. Esperaba poder salir de eso lo más rápido posible.
Luego de unos minutos regresé con ellos, Bárbara ya estaba lista para irse a su casa, al verme sonrió. Traté de sonreír, me acerqué y la ayudé, se apoyó en mí. Salimos del hospital camino a su casa como si fuéramos una pareja feliz. Luego de lo mismo de siempre, sus caprichos y su manipulación. Pude regresar a mi apartamento con la promesa de regresar a visitarla al día siguiente, fue la única manera ya que ella insistía en que me quedara. Aunque Ricardo era consciente de las cosas no sería nada fácil. No solo debía lidiar con Bárbara, sino que también estaba Magdalena que no entendía que su hija necesitaba ayuda.
Me fui directo a casa de mi madre. A veces evitaba ir, ya que cada rincón estaba lleno de recuerdos que dolían, pero no podía olvidarme de mi madre, ella me necesitaba. No todo era malo, aunque dolía era bueno estar ahí ya que en cada rincón estaba su recuerdo, igual que su habitación. Era como un templo, mi madre la tenía intacta, tal como ella la dejó.
Eso no le hacía nada bien, el psicólogo fue muy claro. Nos dijo que teníamos que deshacernos de esas cosas o al menos alejarlas de su vista mientras se recuperaba, pero cuando quisimos hacerlo se puso como loca y se enfadó con todos un mes entero. Dejó de comer, entonces todo fue peor, el psicólogo nos recomendó que por el momento era mejor esperar que ella misma fuera quien tomara la decisión de guardar todo cuando estuviera preparada. Mientras seguía con sus terapias, a veces veía que avanzaba y otras no. Imaginé que todo era un proceso lento y doloroso.
Saludé a mi padre que estaba en la sala, él trató de salir adelante para darle fuerza a mi madre, pero tenía días que se le veía muy decaído.
—Matías, que bueno tenerte aquí —recibí una palmadita en la espalda.
—¡Padre! ¿Cómo estás?
—Digamos que bien, sobreviviendo día a día —levantó la vista y miró el cuadro de mi hermana.
Sólo me quedé en silencio, no supe qué decirle. No existían palabras para un dolor tan grande, sólo le di un pequeño golpecito en el hombro en señal de apoyo. Luego de unos minutos en silencio pasamos a la mesa, mi madre nos acompañó, eso sí que me dio gusto. Les platiqué sobre mi trabajo tratando de distraerlos un poco, pero por más que yo quería no podía ver sonreír de nuevo a mi madre. La tristeza era tan grande que se veía reflejada en sus ojos y es que Verónica era la alegría de la casa.
Subí al segundo piso donde estaba mi habitación, pero antes estaba la de ella. Me quedé parado frente a esa puerta, puse la mano en la manija pensando, si entraba o no. Me quedé unos minutos y esos recuerdos hermosos empezaron a llegar otra vez, como dolían.
Me parecería escucharla cantar a grito herido. Mi hermano y yo tocábamos a su puerta para que bajara el volumen de la música. Ella con esa sonrisa pellizcaba nuestras mejillas y decía; amargados, hay que sonreírle a la vida, la vida es muy corta para amargarse por tonterías.
Nos halaba de las manos y terminabamos bailando y riendo con ella. Recargué mi cabeza en la puerta, una lágrima amarga rodó por mi mejilla. Giré la manija y abrí la puerta, sentí un dolor tan grande que me cortaba la respiración. Todo ahí en ese cuarto estaba intacto, era como si ella nunca se hubiese ido. Caminé por la habitación con un nudo en la garganta mirando cada cosa, los cuadros con sus fotografías, en el buró tenía una lámpara de unicornio que yo le regalé, eran sus muñecos favoritos. Al lado estaba un cuadro que ella hizo y lo llenó de corazones, adentro había una fotografía de los dos. En la cama había un peluche enorme de unicornio que le regalé cuando cumplió 20 años y en la pared había carteles de muchos colores llenos de unicornios.
En el armario estaba toda su ropa, todo estaba igual, como ella lo dejó el día que salió de la casa. Sus lociones favoritas estaban encima del tocador, entre ellas una que le regalé yo. La tomé con mucho cuidado y la llevé hasta mi nariz, inhalé el aroma y dejé que me inundara las fosas nasales. Una tras otra las lágrimas se hacían presente, era como sentirla aquí. A veces cerraba los ojos y pensaba que al abrirlos ella estaría junto a mí y que todo eso fuera solo una maldita pesadilla. Solo quería despertar, pero la realidad era muy diferente. Nunca me cansaré de preguntarme;
¿Por qué ella? Si era tan buena.
¿De verdad existirá Dios?
Y si existe, si será tan bueno como lo imaginamos, tan poderoso. A veces lo dudaba, creo que no es tan poderoso, no puede estar en todos lados para protegernos a todos. Porque si fuera así, ¿Por qué no cuido de mi hermana? ¿Dónde estaba el día que ese animal la golpeó hasta matarla? Si ella nunca le hizo mal a nadie, todo lo contrario, a ella le gustaba ayudar. Entonces porqué permitió que ese maldito le arrancara la vida.
En fin, hay preguntas que no tienen respuestas y cosas que no tienen lógica. Si él fuese tan poderoso, porqué permitir actos tan crueles a seres inocentes, ¿De verdad existirá? No sabía que pensar, en momentos así es donde nuestra fe a veces flaquea. La verdad yo no sabía ni en qué creer.
Miré cada cosa, cada rincón de esa habitación. Estar ahí era pensar que Verónica en cualquier momento aparecería con una sonrisa. Dejé que mis lágrimas salieran, era la única manera de expresar lo que el corazón con palabras no podía. Pueden pasar los días, meses, años y el dolor que deja un ser querido que ya no está, no desaparece nunca, se hace más presente en cada fecha especial. Incluso una canción puede hacerte recordar a esa persona y es que, ellos se van y nosotros somos los que quedamos sufriendo su ausencia.
Antes de salir de la habitación dejé todo como estaba, no quería alterar a mi madre. Seguí por el pasillo hasta mi habitación, cerré la puerta y me acosté en mi cama. Levanté la mirada al techo y dejé mi mente en blanco, no quería pensar en nada y justo en ese momento mi celular empezó a sonar, Bárbara. Si no respondía todo sería peor, ¡Qué pesadilla!
—¡Hola!
—Cariño, solo quería darte las buenas noches.
—¿Cómo estás?
—Mucho mejor ¿estás en tu apartamento?
Respiré profundo.
—No, estoy en casa de mi madre.
—Que bueno, ¿Cómo está tu mamá?
—Digamos que bien.
—Me gustaría pasar a saludarla.
—Luego hablamos de eso, cuando estés recuperada.
—Ok, me la saludas. ¡Cariño! ¿Me envías una foto así como estas en este momento? Quiero verte, te extraño.
Como si no la conociera, solo quería comprobar que era verdad lo que le decía.
—Ya te la envío, que descanses, hasta mañana.
—¡Matías ,espera!
—¡Dime!
—Te amo.
—¡Cuídate!
No dije nada más, sólo colgué. Le envié la foto que me pidió asegurándome que se viera mi habitación para que se quedara tranquila. Cerré los ojos, pero no podía dormir, tenía tantas cosas en la cabeza que no podía pensar con claridad.
Después de dar vueltas y vueltas me dormí. En la mañana no me quería ni levantar, me dolía la cabeza y sentía los párpados pesados. Miré la hora, eran las 7:00 am, estaba muy tarde y tenía que ir a trabajar. Debía aplazar todo lo del viaje una o dos semanas más. Deseé que no se complicaran las cosas y que no fuera más tiempo. Al menos mientras se solucionaba todo con Bárbara.
Empezó a sonar mi celular, dudé en responder, pero la conocía y si no respondía se haría películas en su cabeza.
—¡Hola, Bárbara!
—¡Hola, cariño! ¿Cómo amaneciste?
—Bien, algo atrasado para irme a trabajar, me levanté muy tarde.
—¿Y si no vas a trabajar? Vienes y te quedas conmigo y nos arrunchamos todo el día.
Puse los ojos en blanco y respiré profundo.
—No puedo, tengo que solucionar algunas cosas.
—Está bien, pero ¿vendrás en la tarde?
—Sí, nos vemos por la tarde.
Entré al baño y me di una ducha rápida, me puse un pantalón n***o y una camiseta verde oscura, un poco de loción y listo. Bajé corriendo solo tomé tres sorbos del jugo de naranja que estaba servido en la mesa. Busqué las llaves de mi auto y salí lo más rápido que pude. Me comuniqué con mis amigos y les dije que los necesitaba en la oficina.
Luego de unos minutos y un tráfico espantoso llegué a la oficina 10 minutos tarde. Nos reunimos todos, incluidos mis jefes, les pedí unas semanas más con la disculpa de investigar antes sobre los terrenos. Mis compañeros sólo me miraban como si no pudieran creerlo, pues ellos en el fondo sabían los verdaderos motivos. A pesar de todo me apoyaron y me ayudaron con los jefes.
No les gustó mucho la idea, pero terminaron aceptando. Un mes, ese fue el tiempo máximo que nos dieron, si no logramos investigar lo que necesitamos iban a enviar a otras personas, ya que ellos tampoco podían quedar mal. Respiré aliviado, esperaba solucionar todo en una o dos semanas. Nos quedamos revisando algunas cosas. Mis compañeros me miraban con un montón de preguntas, sólo estaban esperando a quedar solos para interrogarme, estaba seguro.
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En algún lugar de Medellín…
Narrador omnisciente.
Mariana salió de la universidad y uno de sus compañeros se ofreció a llevarla hasta su casa. Ella no le vio problema, ya que no tenía manera de comunicarse porque su celular se quedó sin batería. Entonces sería una tontería andar sola por la calle, sin celular. Se subió a su auto.
—¡Mariana! ¿te molesta si recojo primero unas cosas en el centro? Ya luego te llevo a tu casa —Comentó él.
—No hay ningún problema.
Encendió el auto y salieron, pasaron por el centro de la ciudad. Ella se quedó esperándolo en el auto, mientras él entró al edificio a recoger unas cosas, luego de diez minutos regresó.
—Que pena la demora, me toco esperar, mi hermana no estaba en su apartamento.
—No te preocupes por eso.
Siguieron su camino, así como lo prometió la dejó en la puerta de la casa. Ella se bajó del auto y se inclinó un poco para mirar por la ventanilla.
—Gracias José por traerme.
—Fue con mucho gusto, Mariana. ¡Ah, me disculpa hacerte esperar tanto!
—No te preocupes por eso.
Le regaló una sonrisa y levantó su mano derecha despidiéndose. Se quedó mirando como se marchaba cuando sintió un fuerte halón en su brazo izquierdo. Fue tan fuerte que la hizo quejarse del dolor.
—¡Agh! ¿Qué pasa?
—¡¿Qué rayos hacías bajándote de ese auto?! —le gritó ejerciendo más presión en el brazo.
Mariana estaba desconcertada, era la primera vez que veía a su novio reaccionar así. Ella trató de soltarse, pero él ejercía mucha más fuerza. Como su piel era tan blanca ya tenía el brazo marcado y rojo.
—¡Suéltame! —se quejó—,me estás lastimando. Si me sueltas te puedo explicar.
Emanuel tenía el ceño fruncido, había algo en su mirada que Mariana nunca había visto antes, eso le producía miedo. La estrujó con rabia, ella acarició su brazo y sus ojos se cristalizaron al ver las marcas que él le dejó.
—¡Habla! —le gritó.
Ella se estremeció. El grito la aturdió.
—¿Por qué putas no respondes a mis llamadas? ¿Por qué traes el teléfono apagado? Mira la hora.
Le señaló el reloj y se lo puso casi en el rostro, ella solo miró aterrada, Emanuel parecía otra persona, una muy diferente a la que ella conocía.
»Tú siempre estás aquí a las dos de la tarde, te demoras media hora de la universidad a la casa y son las tres.
—¿Me contabilizas el tiempo? —inquirió sorprendida.
—Siempre llegas a la misma hora, por si lo olvidas yo siempre te espero a la misma hora. Por lo tanto, ya sé que tiempo demoras. Pero no cambies el tema, responde lo que te pregunté.
Empezó a caminar de un lado a otro, se frotó el cuello y Mariana parecía congelada.
Continuará...
...